‘La lectura de un clásico’, artículo de Almudena Revilla sobre ‘Ulises’, de James Joyce

james_joyce.jpgHéroes con pies de barro se trasladan desde las calles de Dublín hasta la ”maldita-novela-monstruo” de James Joyce: Ulises (Editorial Círculo de lectores, Barcelona, 2003). Reflejo de la mente humana, a veces confundida por la duda, ininteligible por el alcohol. Fragmento de la vida de un judío errante, de una nación que busca su identidad y su independencia. “Hizo frente a los adversarios de su nación y ganó gran gloria para su pueblo”. Pero no son los personajes, ni sus acciones, ni los escenarios, ni el tiempo los dueños de la historia. El lenguaje desintegrado, la mezcla de técnicas literarias, el humor corrosivo, el juego constante, la burla mueve y conduce a los personajes y a los lectores por la senda que el autor omnipotente desea.

Turbios caminos alejados de cualquier género o compromiso con lo establecido. Relaciones sexuales, relaciones de amistad, deseos de paternidad, deseos insatisfechos, tejidos básicos sobre los que trama la novela. Ninguno quiere/queremos estar solos. George Orwell reconocía en el irlandés la capacidad de disolver esa soledad: “Cuando se leen ciertos pasajes de Ulises, uno nota que la mente de Joyce y la de uno mismo están identificadas”.

Para el lector transcurre un tiempo invisible, ¡cuántas historias se cuentan! Le provoca una lectura intensa, fuera de control. Los personajes transitan por la ciudad hasta que llega el día. Los lectores presencian una tragedia griega con alcahueta, idiota y coro.

El obsesivo Dedalus, la infiel Molly, el descreído Stephen, “pero aquí dentro es donde debo matar al cura y al rey” son las diferentes imágenes de Joyce. Como Leopold Bloom y sus monólogos interiores, y sus palabras idiotas, que construyen episodios ñoños, desesperantes, chabacanos y la mayoría vulgares, que te atrapan en la rutina, de la que nos salvaremos si ponemos en marcha la imaginación.

Bloom (Odiseo) recala en distintas islas, aunque su intención no sea vagar ni convertirse en un eterno paseante. Hay un destino fijado unido a una decisión: acabar con los pretendientes de Molly (Penélope). Pero la cobardía le hará abandonar esa decisión. Perdedor engullido por sus circunstancias: “Después de todo, la vida es comerse unos a otros”. Regreso de un héroe vencido. Vuelta a una vida reinventada.

Joyce coloca al lector en la tesitura de escuchar/leer miles de pensamientos, diálogos reales o irreales (pero por ello, ¿menos ciertos?) para demostrarle que su libro aspira a serlo todo. Que viola leyes, traspasa disposiciones literarias para conseguir el mayor de los honores: ser un clásico.

Almudena Revilla

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