‘Francisco Caro, el poeta que amaba los silencios’, un artículo de José Luis Morales

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Pedro A. González Moreno, uno de nuestros mayores poetas y crítico preclaro, ha dicho de Paco Caro en su recientísimo “Mapa Literario: Ciudad Real”, publicado en el número 6 de la revista El invisible anillo: “Francisco Caro (1947) que busca ya la desnudez expresiva en su primer libro, Salvo de ti (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2006), y que derivará hacia unas formas aún más esencializadas, instalándose en una cierta poética de la levedad en Mientras la luz (Biblioteca de Autores Manchegos, Ciudad Real, 2007)”. Esa ‘poética de la levedad’, es decir, del nombrar sutil, como en un soplo, y el adornar escaso o nulo, es lo que caracteriza la palabra poética de nuestro autor. Pero hay más, porque lo que Caro le exige al lector no es sólo la máxima atención para no perder lo leve, lo sutil, sino su participación consciente en la elaboración final del poema, pues ha de poner en armas todo su bagaje cultural para descubrir toda la trastienda de información, sugerencias y reflexión que se esconden tras los amplios silencios y los magros versos del poeta.

Así mana esta poesía, lejos ya de las urgencias y extravagancias juveniles y distante aún de los manierismos y la reiteración senil. Poesía pues, desnuda, sí, culta y reflexiva, también, pero en estado puro, 24 quilates, sin aleaciones. Porque Mientras la luz es también, y yo diría sobre todo, una lúcida reflexión de Francisco Caro sobre sí mismo como hombre y como poeta, tal vez, sobre todo, como poeta; y ello con un estilo absolutamente limpio, llano, sobrio, eficaz

No hay que dejarse desorientar por las apariencias. Que Mientras la luz parezca un libro dedicado a los últimos años de un poeta vuelto del exilio en los setenta (posiblemente Jorge Guillén), que sus poemas -llamados ‘informes’- procedan de los cuadernos, diarios íntimos, de Elia, la segunda mujer del poeta, y estén dirigidos a Jacinta -la primera- no se sabe si como confidencias entre dos mujeres que compartieron el mismo amor, o como bocetos de cartas que nunca llegaron a mandarse, no son más que laberintos simbólicos, levemente señalizados, con los que Caro se propone meter al lector en situación, darle el ‘tono’ desde el que el libro ha de ser leído.

Acudir al artificio del manuscrito encontrado, como hiciera Cervantes en el Quijote, cambiarle el sexo a la voz del yo poético, no busca otra cosa que ampliar la libertad del poeta y su capacidad de introspección, al poder adoptar varias perspectivas desde las que enfocar un mismo ‘momento de la luz’: una emoción, un paisaje, un sentimiento, una idea. En dos, en tres, y hasta en cuatro planos distintos, pero simultáneos, puede expresarse Caro gracias a esta estrategia pseudonarrativa.

Pero no todo es fingimiento en Mientras la luz, es más, yo diría que no hay palabra ni silencio que lo sean en realidad. No sólo por la hondura y la densidad lírica que alcanzan estos poemas, sino por su pureza y por su claridad: esas características esencializadoras tan suyas, intactas desde su primer libro, y con las que precisamente juega el juego de los heterónimos.

Parece un milagro que poemas tan delgados, tan mínimos, tan transparentes, escondan tanta trastienda de cultura, de referencias, de sabiduría lingüística. Y es que, además, es una sabiduría auténtica, vital y personalísima, pues está basada no sólo en el estudio y el conocimiento de los hitos literarios de nuestro idioma, sino en la observación diaria de sí mismo y de sus convecinos, en el escudriñamiento de sus expresiones más lúcidas, en el apasionado dominio de las claves del habla manchega, con su parquedad, su socarronería, sus contextualizaciones diversas, en fin, con su esencia popular afincada en los manantiales mismos del castellano.

Ya lo dije en la presentación de Ciudad Real, no hay más que leer unas pocas de estas páginas para darse cuenta de que Paco Caro, confeso admirador de Claudio Rodríguez, ha nacido a la poesía, sin embargo, con el ‘don de la sobriedad’. Es sin duda su cualidad más evidente y admirable.

Gracias le sean dadas al autor de Piedrabuena por tan generosa escritura, y a la Biblioteca de Autores Manchegos, su editor y sus ‘ojeadores’ por no haber dejado pasar la ocasión de revelárnosla.

José Luis Morales

 

Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947) ha publicado los libros Salvo de ti (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2006. Premio de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha ); Locus poetarum (Coslada, 2007. Premio ‘La Bufanda’); Mientras la luz (Biblioteca de Autores Manchegos, Ciudad Real, 2007); y tiene en imprenta Las sílabas de la noche (Premio ‘Juan Alcaide’ 2007).

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3 comentarios en “‘Francisco Caro, el poeta que amaba los silencios’, un artículo de José Luis Morales

  1. Suscribo punto por punto todo cuanto Morales dice de este enorme poeta y, por suerte, paisano mío, Francisco Caro. Para mí, ha sido el mejor hallazgo de los últimos tiempos.

    S. Hernández.

  2. Un poeta que nace a los sesenta años, un poeta artificial, artificioso y defícil. En el centenario del nacimiento de Miguel Hernández parece mentira que ambos sean denominados poetas…

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