Artículo de Manuel Cortijo Rodríguez sobre el libro ‘Puertas mal cerradas’, de Juan Pedro Carrasco García

Si ya en su anterior entrega, El viento detenido (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2003), nuestro poeta había dejado constancia de cuáles eran los objetivos de su poesía, creo que con Puertas mal cerradas (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2007), no sólo se reafirma en el intento de seguir encontrándole algún sentido a la vida que se le presenta cada día, sino que logra, a mi humilde entender, que su evolución expresiva vaya en la dirección de un campo interminable, inductor de otras posibilidades y ahondamientos que ofrece en esta nueva propuesta que llega a nuestras manos.

El viento detenido arrojaba una simiente sentimental sobre un campo seriamente amenazado de ruina por un tema, el amoroso, duramente castigado por la ingenuidad continuadora y la escasa sabiduría y excesos retóricos gastados para afrontar con dignidad su tratamiento. Juan Pedro Carrasco aportó, básicamente, por sobre cualquier acierto retórico, frescura e imaginación en sus presupuestos estilísticos, que adjetivaron y alentaron de forma singularmente innovadora una voz inalterablemente personal. Anotamos, de pasada, la solidez de cuanto hemos referido en la trascripción de los  siguientes versos: ‘Tú, mujer, fértil bálsamo,/ tú puedes renacer las horas tan dormidas,/ florecer luz de ensueños/ donde la paz de las gaviotas se derrame’.

Puertas mal cerrada, supera las capacidades de la palabra anteriormente demostradas por Carrasco, consagra nuevos espacios, otros escenarios distintos y bien diferenciados de los antecedentes sentimentales que encuadraban su poética. En este libro, parcialmente aparcada la temática amorosa, excepción hecha de los poemas “Si alguna vez”, “Hoy” y “No hay tiempo suficiente”, se nos plantea una doble vertiente intencional, en el sentido de los movimientos emocionales y espirituales expresados por el poeta en los contextos de los poemas que lo configuran. En algunos de éstos, la animación emotiva se proyecta hacia un viaje  a la memoria donde el acto resuello de la creación poética se produce en los reductos interiores del alma del poeta. El poema se inunda entonces con el sentimiento doloroso producido por  sombra destructora del tiempo implacable: ‘Siempre hay un autobús o algún tren esperando/ para asistir/ a la hora de la ausencia./ Y hay trenes y autobuses que llevan a una cita/ con la memoria’.

Asumimos aquí que el poeta representa la vida como una fuga constante hacia la claridad de los recuerdos: ‘Nos alejamos/ para continuar vivos unos minutos más,/ por percibir/ esa luz que deslumbra la soledad inmensa/ y por hallar/ el final de esas calles/ donde olvidarnos sin recuerdos’. En esa mengua que va haciéndose vacío, desasosiego y frío, en el poema “Máscaras”, el poeta será testigo presencial de la decadencia humana, asume incluso y se reconoce (o conoce) en asentimientos del daño verdadero de su inapelable condición perecedera: ‘No sólo se consume ya la carne,/ también el alma languidece’.

En esa sensación de desarraigo y angustia presencial, el poeta se detiene en ese andén o sala de espera sentimental a observar el dañoso naufragio de la espera: ‘Mientras aquí esperamos,/ nadie viene ni pasa ni se queda’. El hombre acepta su propia devastación humana, su calamitosa degradación diaria, pero aún así sanciónale desencanto de las vivencias reales o experiencias reveladoras  que determinan un estado de ánimo: ‘A veces/ no me gusta la vida ni este mundo,/ pero camino/ como si hallase en sus trayectos/ últimos paraísos.

En tales tesituras, Juan Pedro Carrasco, que había tomado en su momento la resolución de ir hacia la claridad, atempera la tristeza que le va produciendo cada pérdida, ya que ésta: ‘Es la íntima luz/ que ilumina el misterio/ de quienes somos’.

Todo es contemplado desde una nitidez adversativa, en la que no faltan acompañamientos idílico-elegíacos, lugares de intercambio donde proyectar los materiales de la sentimentalidad, los restos de la duración: ‘En algún otro sitio,/ podría entreabrir puertas para ocultar los restos/ de la supervivencia/ cuando no queda nada por vivir’.

A medida que progresa el viaje, con la palabra como constante de acompañamiento, se va incrementando el sentimiento limpiamente elegíaco, liberado a su sola asistencia, sabedor de ‘que hay caminos que pronto se bifurcan,/ que erramos en la decisión de andarlos,/ que escuchamos las voces de los templos/ aunque tengan murallas condenadas./ Aún así sabiéndolo,/ no abandonamos la palabra/ como esos testimonios del viaje hacia el otoño/ que saben de los pasos ignorados/ tan nuestros como blancos espejismos sin luz’.

Y es que la palabra, único fundamento vivificador del hallazgo del poeta, aparece en la luz más alba o en la más crepuscular, poderosa como sus heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos de impecable trazo, en este ir y venir a y de la memoria a la voz.

Sucede en el poema “El regreso”, de “Los silencios del mar”, que el poeta verifica su vuelta de la memoria, de los avatares interiores propios del recuerdo, nos persuade de una íntima decepción: ‘Ahora que regreso del recuerdo/ no reconozco a nadie’.

Páginas adelante, Juan Pedro restaurará el tono de observador abierto que mira hacia la realidad, en el poema “Forja de la memoria”, donde recompone y actualiza el puzzle sentimental de la mirada retrospectiva, porque la vida: ‘Era un juego enredándose en las débiles hebras/ de la memoria’.

Acierta en la animación de las ruinas (entiéndase lo perecedero) emplazadas sobre paisajes puramente sentimentales. Por esta gradación intemporal se eleva el poema “Éxtasis del saber”, que sirve al poeta para abismarse una vez más sentimentalmente, al plantearse una duda esencial: ‘La pregunta no es qué seremos/ cuando crucemos la laguna/ que nos conduzca al otro lado/ -no podremos volver para infundir nuestra verdad-,/ sino qué somos sin haber/ vivido ese prodigio/ de la sabiduría’.

No cabe duda de que estamos asistiendo a unos estados altos de plenitud creadora en la planificación sentimental. Carrasco es un poeta de recursos, de intensificación emotiva, un experto cultivador de lo onírico; pero sobre todo se trata de un creador pasional que intuye lo divino, ignoramos a causa de qué devociones filosóficas, que después del entusiasmo poético demostrado en abundantes resplandores en su primer libro de versos, El viento detenido, se nos presenta ahora conjugando ambigüedad y clarividencia, determinadas por la revelación de sus experiencias sentimentales.

El tiempo nos lo presenta como tregua de una decadencia hacia la muerte que nadie sabe ni puede detener. En esa ida y regreso de los días pasados, donde cada uno obedecerá a una pérdida más, el poeta en la casa que le cobija hace arqueo tedioso de lo que le ha sido arrebatado en las últimas horas de su existencia, en una actitud incluso reparadora: ‘Es hora de balance/ después de la jornada,/ hora de construir cuanto hemos perdido/ de calor, de inocencia’.

Sabe que el único elemento reparador es la palabra. Pero la carne va perdiendo lustre, ardor entre las cuatro paredes de la alcoba: ‘No hay tiempo suficiente para amarte’. La vida se va haciendo turbiedad y abandono, acaso templo derruido, como se justifica en el poema “Babel”: ‘Y después la caída, luego el éxodo/ cíclicamente’.

Cada vez más los escenarios se van oscureciendo como un viento que ‘pasa y acarrea/ una caricia muerta,/ nombres para el olvido/ o la pureza de unos ojos’.

Por estas articulaciones culminantes del sentimiento poético de Juan Pedro Carrasco, donde se dan cita abundantes representaciones simbólicas de una búsqueda  mítico-temporal, se accede al poema final “Liturgia de la mañana”, como colofón y último exponente de una sinceridad intensa y emotiva, dado en tonos sentimentales que nos suenan a verdad, a término que pone a todo instante anterior, aunque éste se produzca en los primeros resplandores del alba, en el espejo turbio de la memoria, donde: ‘He buscado en mis ojos y me he visto/ en la orilla translúcida de una tierra agotada’.

Juan Pedro Carrasco, en medio de sus luces frías y sus cálidas tinieblas ha ido configurando los poemas de este bellísimo libro, Puertas mal cerradas, cuyos versos  nos ofrece  hoy colmados unos de sordidez umbría, otros de luces albas, necesarias para llegar a reconocer el poder reparador de la palabra. Estos poemas, digo, que constituyen un paso hacia adelante de su autor, que está en el buen camino y, que a mi juicio, se nos presentan como novedad literaria. Dicho esto, me alío con el poeta y ‘Cierro la puerta sin mirar atrás’.

Manuel Cortijo Rodríguez

Juan Pedro Carrasco García nació en Valdepeñas (Ciudad Real, España), en 1964. Actualmente reside en Getafe (Comunidad de Madrid, España). Es autor del libro de poemas El viento detenido y de la obra de teatro El vendedor de balsas (Ñaque Editora, Ciudad Real, 2006) y colaborador ocasional con artculos y opiniones sobre libros. Su última entrega es el poemario Puertas mal cerradas a la espera de una novela experimental preparada para el próximo año.

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