‘Conrad, visible siempre en la proa’, artículo de Almudena Revilla sobre ‘La línea de sombra’, de Joseph Conrad

linea-de-sombra.jpg Los marinos han sido mitos de valor en la literatura europea, y aún con mayor fuerza en la tradición británica, de la que el polaco Józef Korzeniauski es un buen exponente. Conocido para el mundo como Joseph Conrad, se cumplía el 3 de diciembre de 2007 el 150 aniversario de su nacimiento. Estas líneas no reseñarán el conocido viaje de Marlow por El corazón de las tinieblas, comentarán una novela merecedora de ser leída y que pertenece a su última etapa: La línea de sombra (Alianza Editorial, Madrid, 2004, 153 págs., trad. Javier Alfaya).

A Conrad le gustaba presentar capítulos que respondían a su vida, pero no sólo para hacer un inventario o una clasificación de sus recuerdos, sino que perfecciona la información que afectaba a sus vivencias. Las historias, los libros, nos hacen ser más libres a través de la recreación de mundos, ya sean completamente imaginarios o no. De todo ello es consciente el escritor. Así, de su memoria, entendida como un almacén de experiencias y de emociones vividas y sentidas en sus innumerables viajes por los mares, surge esta novela. Un relato que parte de su primera experiencia como capitán de un barco y que se convierte en la resolución de unos retos que le llevarán a un aprendizaje.

Un inexperto capitán tendrá que afrontar numerosas adversidades durante su viaje. Un viaje frustrante y frustrado que constituye la espina dorsal del texto. Estas experiencias suponen el abandono de la juventud, unida a la inconsciencia y a cierto punto de ingenuidad, para instalarse en la madurez. La simultaneidad del tiempo del viaje y de la realización del protagonista como nuevo y pragmático capitán.

conrad1916.jpg Sin estructuras complicadas, Conrad refleja la experiencia del mar y traza un profundo retrato de la condición humana. Explora la conciencia de los hombres del mar y la del narrador/protagonista. Personajes como el capitán Giles, mediocres que gozan de buena fama y que se dan en cualquier estamento social: “Tenía ante mí un hombre cuyo carácter y capacidades elogiaban todos, y descubría en él un absurdo y aburrido charlatán”.  Personajes como el segundo de abordo, Burns, sumido en la irracionalidad y en la superstición por haber transgredido una norma moral, haber traicionado a su conciencia. Y hombres como Ransome, representante de una tripulación de la que el joven capitán se preguntaba “si era el temple de sus almas o la cordialidad de su imaginación lo que les hacía tan admirables, dignos de mi eterno respeto”.

En ese escenario de mar antiguo, de barcos de vela, de hombres irrepetibles, Conrad construye una metáfora de la vida desde la sencillez. La calma chichadel mar también se produce en nuestras vidas. En esas etapas de “parones”, de ausencia de vitalidad, olvidamos que por el mero hecho de vivir, no hay que dar paso al desaliento.

Almudena Revilla

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