“Enseñar a leer” (y III), por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara).

El editor que descubrió a Harry Potter dice tener lista la próxima “sensación literaria” para el público infantil y juvenil. No habrá que pensar mal, no. No se trata de que el próximo mes se publique el último de la saga del “niño-que-ya-se-nos-ha-hecho-un-hombre” volador en escoba, ni que su descubridor se haya agarrado a ella con todas su fuerzas para no caer desde la altura que alcanzan esos trastos cuando juegan al quidditch. No, no hay que ser mal pensados.

La nueva sensación literaria -no dejo de maravillarme con la expresión- consiste, al parecer, en un niño arqueólogo que, cavando un túnel, encuentra un mundo perdido bajo Londres. ¿Estaremos ante otro globo de tópicos? Niño arqueólogo, mundo oculto bajo tierra… Habrá que esperar pero, por lo que parece, será más de lo mismo.

En alguna discusión he mantenido la opinión de que los niños deben leer cualquier cosa, con tal de que lean. Pero últimamente no lo veo tan claro. Sí, por supuesto que es un logro el que millones de chavales de todos los continentes hayan hecho cola en las tiendas para adquirir un libro en vez de un videojuego, pero, ¿acaso la fuente de esas historias no es otra que un refrito de referencias cinematográficas, mitología pasada por el pasapurés y embrollos de criaturas fantásticas que parecen cada vez más ordinarias, porque perdieron el “extra” en la enésima repetición? ¡Cómo se ha complicado el asunto de atraer la atención de los más pequeños! En mis tiempos -no hay duda, cuando se usa esta expresión es señal inequívoca de que te estás haciendo mayor”- bastaba con un misterio de andar por casa y cuatro chicos de vacaciones con perro para resolverlo sin salirse del pueblo. Algunos dirían que en aquella época no había tanta competencia “mediática”. Vale, puede que los videojuegos no pasaran de una minúscula nave en dos dimensiones y monocroma disparando puntos a unas bolas que explotaban, pero aquello nos parecía “lo más” y representaba el máximo nivel de tecnificación existente e inmejorable. Había televisión, cine, incluso ¡gafas de 3D! Por supuesto que nos gustaba la fantasía, las hadas y los dragones voladores, pero todo era…, ¿más inocente?

Volviendo al asunto de las “sensaciones literarias” -perdonad la insistencia, es que resulta tan…, rimbombante-, y arrinconando a un lado el hecho de que haya que incitar al chico para que lea, supongamos que éste ya tiene la costumbre, el hábito, el placer de hacerlo, ¿aguantará mucho leyendo el mismo tipo de libros? ¿Qué tal si el padre, madre, tutor, hermano, tío o adulto más cercano le va introduciendo dosis de “otras cosas” entre Harrius ―como le llaman en la versión latina, que “haberla, hayla”- y otros niños prodigiosos en contra del “mal peor”? ¿Qué tal si esas píldoras exóticas de la literatura hacen que el púber vaya adquiriendo la capacidad de paladear diferentes tonos literarios? ¿Qué tal si llega un día y te pide que le aconsejes sobre el próximo o te pregunta quién es Roald Dahl y qué más escribió? ¿Qué tal si un día te comenta que ya no está para cuentos de niños y que prefiere leer algo que no ocurra fuera de los límites de la física ni de la genética, para variar?

Puede pasar y es muy reconfortante.

Myte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara.

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