Fetichismos, por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara, el 25 de junio de 2007)

Leo con malicia las confesiones del que fue mayordomo de Ernest Hemingway durante veinte años en La Habana. Me entero de su rutina de trabajo, de la toalla con la que tapaba la máquina de escribir cuando finalizaba su jornada, de los desayunos que tomaba en la terraza, del atuendo con el que superaba el calor de la isla, de la manía de contar las mil palabras que se ponía de tope a diario, de las anotaciones sobre su peso corporal… ¡Es tan fácil imaginar al barbudo en esas actitudes! La noticia destaca que el escritor no pedía su primera copa hasta que no terminaba su labor (“…mientras estaba escribiendo no tomaba”): ginger, limón y coco.

Las leyendas que rodean a ciertos mitos (algunas de ellas sin probar y, mucho me temo, alentadas por ellos mismos para hacerse más interesantes o, al menos, parecer humanos) no dejan de ser carne fresca para los fetichistas de este mundo. El día que me enteré de que Kakfa era un “simple” oficinista que nunca puso un pie más allá de lo que sus estrictos quehaceres le obligaban, además de ser enfermo enfermizo (espécimen muy diferente al enfermo a secas), sí, ese día faltó algo: debilidad, humanidad…, la irónica locura que se le presupone al padre de Gregorio Samsa.

Pero más allá de casos puntuales, parece evidente que quien más quien menos ha aderezado su existencia, y algunos de ellos han llegado a ser víctimas de sus consecuencias. Es difícil pensar que un escritor (entendido como persona que básicamente se dedica a mentir, como dijo aquel) se resigne a llevar una vida ordenada, o, cuando menos, que lo admita; pues estaría defraudando a los fetichistas que piensan que para ser un grande de las letras hay que estar pagando un tormento hipotecado del pasado.

De acuerdo, no es necesario; como tampoco lo es saber qué manías tiene cada cual para escribir, pero ¿y si hubiera un patrón de conductas? Quiero decir, carece de sustancia racional que Hemingway necesitara contar a diario una a una las palabras redactadas, y que anotara en un cuaderno que había llegado a las mil en cada caso, pero ¿y si ese hecho desvelara una inseguridad que no se desprende de sus obras? ¿Qué otros miedos con significación psicológica hay detrás de cada escritor? Seguro que cientos. ¡Hasta Kafka dudaría mucho a la hora de redactar con una pluma que no fuera su habitual! ¿Sería tan raro pensar que las obras de los escritores consagrados estén muy por encima de ellos mismos, que por momentos se sintieron devorados por sus criaturas? El mito de Frankestein no debe estar muy alejado de ciertos nombres que todos tenemos en mente.

Visto con perspectiva sólo son anécdotas curiosas para fetichistas literarios, pero lo que nunca sabremos es hasta qué punto necesitaron de esos bastones ridículos para seguir pisando tierra. Lo que entusiasma es pensar que detrás de cada escritor hay un personaje estupendo para una historia.

Mayte Guerrero, de Ediciones Letra Clara.

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