El silencio y sus huecos por Luis Luna

Como un derviche, como una piedra arrojada al centro de un estanque, el texto gira sobre sí mismo hundiéndose hacia un centro-matriz. Los pequeños círculos que persisten a su alrededor son los puntos visibles del texto, el material que queda al descubierto. La piedra, el impulso, el fulgor que desencadena la necesidad de escribirlo queda en el olvido. Incluso los círculos han de ser también ciertamente olvidados y queda sólo, si el texto es realmente poesía, la impresión vivísima de su lectura. A este trabajo, infinito, cíclico, traspasado, es a lo que se puede designar como el hueco. Hueco realizado en el silencio, desde él y hacia él, pues, como ya han dicho muchos otros, el silencio previo al poema es necesario como el poema mismo y el silencio posterior es esencial para la correcta intelección de éste.

            El poema es, entonces, un hueco en el silencio; un nido de lenguaje. El lenguaje, material con el que trabajamos, se construye siempre en la pérdida, en la no designación del objeto y es, por tanto, un nido inseguro, provisional, en mutación constante. Basado en el convencionalismo de los hablantes, ha pasado por numerosos estados de degradación, de perversión si queremos, que han terminado por arrumbarlo y reducirlo al escombro, perdiendo en ese proceso la cercanía, el vínculo subterráneo que lo unía a lo designado en un estado ideal y oscuro. La labor del poeta se centra en el intento de reconstruir esa pérdida, de reinterpretar las convenciones hasta devolver al lenguaje la brillantez y expresividad primordiales. En ese intento, los poetas se internan en un bosque y como dijo muy acertadamente Valèry: no temen ni los rodeos, ni las sorpresas, ni las tinieblas. Desde este punto de vista, el hecho poético –el hecho artístico- se podría asimilar a un cordón umbilical que une el ojo con lo mirado, al creador con su creación, lo que existe con lo que todavía no se ha manifestado.

Qué lugar ocupe el lector en ese binomio es también un extremo importante, pues es la tercera parte, esa otredad fundamental para reconstruir la obra. El lector no es sólo un oyente- y hablo de oyente porque quien lee poesía efectúa siempre una lectura interna de los textos- pasivo sino que reconstruye el poema a partir de su propia existencia, de sus inquietudes e imaginario. Todorov y Ducrot establecieron una definición de metonimia que puede ayudarnos a entender este proceso. Ellos hablaban de la metonimia en cuanto que la parte podía entrar en relación con el Todo mediante relaciones existenciales presentes tanto en el creador, quien las utiliza para la construcción de sus textos; como en el lector que las utiliza para asimilar esas relaciones a sus propias vivencias. Si esta descodificación se produce en grado óptimo, hemos pasado de un binomio a un triángulo, triángulo que simboliza la perfección del poema conseguido. No en vano se ha reconocido en la poesía el lenguaje de la divinidad, extremo en donde coinciden las distintas confesiones religiosas y la mayoría de los místicos.

 

            El cómo del hueco es, hoy por hoy, esencial. No se trata de marcar un apriorismo que actúe como yugo, sino más bien de establecer un diálogo permanente con nuestras fobias y filias, con la actualización perpetua de esas fobias y filias. En ese sentido, cada poeta, cada buscador debe internarse en el bosque con sus propios indicios, con sus referencias y claves. La estética esencialista tiende a maximizar las posibilidades de lo mínimo, encontrando en la sugerencia, en el matiz, en el detalle, el gozne necesario para que la trascendencia haga su aparición. Que menos es más parece obvio y sin embargo, es preciso recordarlo, en tiempos, además, perniciosos para lo poético, en una sociedad paulatinamente desacralizada y tendente a la clonación de esquemas de existencia. Lo poético sufre en ese territorio de la desaparición y constituye, las más de las ocasiones, un fenómeno molesto para la simplificación, relativización y banalización que nos afecta. La anécdota, lo narrativo parece indispensable en estos tiempos, inseparable de la escritura poética. Ahora bien, también es cierto que todo aquello que puede decirse en otros géneros no es esencialmente poético. Así pues, también es legítimo orillar el yo como método de despojamiento y búsqueda de la esencialidad, eso sí, sin negar en ningún momento que la poesía está más viva cuanto más se acerque a un género híbrido, fronterizo que acarree todos aquellos materiales que considere necesarios y que la interdisciplinariedad es fundamental para su enriquecimiento.

 

            Llegados a este punto parece necesario llamar la atención sobre las distintas temáticas que interesan a una poesía que se quiere esencial. La abstracción, la geometría como expresión de las problemáticas relaciones entre el yo-isla y la otredad, la aspiración a encontrar el máximo significado posible en la más breve extensión; la intención de desentrañamiento de una “realidad” que ha desechado lo telúrico y que se aleja de sus fuentes para incidir en la herida de su soledad son aspectos centrales para su comprensión. La temática de la herida, del dolor existencial complementa esos asedios. En ese sentido, Adonis, el gran poeta sirio ha dado una lección magistral cuando esboza que la comicidad –no el humor, fenómeno más rico y multiforme-, lo banal, lo que nada dice son aspectos extraños a la poesía y tienen poco que ver con ella; en su última estancia en España, Adonis, frente a otros poetas esbozó la teoría de que “la poesía es esencialmente trágica” y que por tanto la frivolidad y lo intrascendente son esnobismos superficiales, propios del show business en que se está convirtiendo la sociedad. Llamaba también la atención Adonis sobre el falso compromiso que aúpa a ciertos creadores que en realidad no sienten aquello que dicen. Frente a ello, proponía un modelo en que el creador, profundamente comprometido con su obra, llega a comprometerse con los hechos históricos sin tomarlos como excusa para su quehacer, es decir, llegar desde la obra a la historia y no al revés. Complementando esa postura, Jabès también hablaba del silencio, del profundo silencio que se abre para la poesía cuando determinados hechos históricos la sumergen en una dialéctica de agresor-agredido.

 

Desde ese borde, desde el acantilado que supone el callamiento, silencio y lenguaje, son anverso y reverso inseparables del hecho poético. Y allí, en esa geometría sinfónica, la poesía como un nido, como un hueco desde donde re-construir la realidad a través del poema, cuya angustia es la intuición de que siempre se puede estar ante la última creación, ante el silencio estéril.

Nota del Editor: Este artículo será leído por el propio Luis Luna en la ciudad de Raqqa (Siria), en un evento al que ha sido invitado este polifacético artista y poeta y que tendrá lugar entre los días 15 al 22 del próximo mes de abril de 2007. También quisiera felicitar desde aquí a L.L., por la estupenda noticia de que van a publicarle un nuevo libro en el que ha depositado unas buenas dosis de entusiasmo e ilusión. En breve podremos anunciar aquí, en el Blog Escritores, los detalles de este nuevo libro con la impronta y la clase del siempre genuino Luis Luna. ¡Feliz viaje!

Luis Luna

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