Reseña del libro El arquero inmóvil editado por Eduardo Becerra, por M. Valeria Correa-Fiz

Me gustan los libros colectivos, las antologías, las recopilaciones porque permiten el ejercicio de una de las formas más sencillas de adulterio que un lector pueda llevar a cabo: cambiar de escritor con sólo dar vuelta la página.

Sí, ya sé: es posible que los libros colectivos resulten desparejos y, a veces, repetitivos como los discursos de una sobremesa familiar de domingo. Pero también, como entre los miembros de una sobremesa familiar de domingo, en una obra de estas características habrá puntos de conexión, anécdotas, historias y referencias compartidas que le permitirán al lector extraer sus propias conclusiones sin la guía de una voz única y omnipotente. Por eso me gustan y porque se parecen a esos bazares llenos de objetos sorprendentes, luminosos, disímiles y, a la vez, paradójicamente iguales. Así es El arquero inmóvil- Nuevas poéticas sobre el cuento: un exquisito bazar literario, una pintura mural, una colección de ensayos de más de veinte escritores convocados por Eduardo Becerra para elaborar una poética del cuento que intente explicar, al menos, parte de su propia obra creativa dentro del género.

En El arquero inmóvil hay poéticas que parecen pintadas por la misma mano y hojas más tarde, la colaboración de un autor puede resultar contradictoria o hasta inconexa con la de sus compañeros de páginas. Pero, ¿qué importa? Si en el principio, fue el caos; si en el principio, fue el cuento. Y, además, ¿cómo definir con precisión esa materia maleable, ese organismo vivo? El que sepa a ciencia cierta lo que es un cuento que arroje la primera piedra. Porque, parafraseando a Cristina Cerrada, quizá no sea posible decir algo acerca de este género sin que ello mismo sea un cuento.

El arquero inmóvil es también una delicada invitación al voyeurismo literario. Los creadores exponen sus convicciones y sus preferencias; exhiben sin pudor las dudas y los miedos que los aquejan. Frente a sus páginas, asistí al desamparo de Javier Vásconez quien se siente frente a un tribunal al tener que hablar de sus libros y de su poética y entendí la sabia resistencia a la teorización de Hipólito G. Navarro (Yo soy hombre de cuentos, no de poéticas del cuento. Las poéticas pretenden en el fondo amarrar el bicho cuento a una serie de normas, y no hay cosa que me fastidie más). Me gustó Mercedes Cebrián quien reclama para sí el derecho heracliteano a cambiar de poética: No me puedo bañar dos veces en la misma poética: en la que hoy me zambullo no es la misma en la que nadaba hace seis años, ni por descontado será la que suscriba en el 2012, y entrecerré los ojos para leer la colaboración del siempre exquisito Eloy Tizón que defiende la existencia de una zona de penumbras en el cuento (su frase me trajo a la memoria otra de su autoría que es, a mi juicio, una de las mejores definiciones del hecho estético: Desde aquí veo la sombra elástica de una acacia, pero no veo la acacia). Terminé con aplausos para Ángel Zapata que, con economía y genialidad, dice a propósito de la clásica contienda novela vs. cuento: Una novela se recomienda mientras que un cuento se contagia.

En suma, la convocatoria de Eduardo Becerra ha generado un libro interesante, polémico y plenamente recomendable para los curiosos de esta forma narrativa. Porque el mural desplegado con su veintena de trazos y pinceladas, con sus colores disímiles y sus aparentes contradicciones termina por darle al lector una idea cabal del género. Quizá sea porque el cuento no puede ser reducido a una única sustancia y para caracterizarlo y definirlo, haya que pensarlo como un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes voces, de distintas sustancias.

Y ahora los dejo (no sin antes, destacar el epílogo de Ricardo Piglia, una valiosa colaboración en torno a la nouvelle que merecería una reseña aparte de la presente) para que los que estén interesados recorran el libro-bazar a sus anchas y compren los artículos que más les gusten. Pero antes, miren estas palabras que dieron lugar al título del libro (otra vez, habría que entrecerrar los ojos). Son de Pablo Andrés Escapa y dicen a propósito del cuento: es la tensión del arco y eludir el viaje de la flecha con todos sus avatares.

M. Valeria Correa-Fiz

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