Reseña de, El Don de la ignorancia de Jose Corredor-Matheos, por Luis Luna

José Corredor- Matheos (Alcázar de San Juan, 1929) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su libro El don de la ignorancia (Tusquets, 2004) .
De factura perfecta, este poemario es el último, hasta el momento, de una serie iniciada en 1953 con el temprano Ocasión donde amarte. Entre ambos poemarios la poesía del autor ha sufrido un progresivo proceso de depuración, sin perder por ello su acento personal.
  
        Inicialmente, la obra correduriana bebe de las fuentes de la poesía testimonial y cede, levemente, a los confesionalismos propios de la Generación del 50. Es a partir de Carta a Li-Po (1975) cuando su poesía iniciará un giro radical que perdura hasta hoy. Como Valente o Ángel Crespo, Corredor siente la necesidad de iniciar una búsqueda más allá de lo puramente comunicativo –informativo, reivindicativo- para internarse en el ser de las cosas como forma de entendimiento del absoluto.
Esa “sed de absoluto” – a la que él mismo hace referencia en una entrevista realizada por mí y que verá la luz en la revista de AEN– subsume todo el trabajo poético del autor y se hace especialmente relevante en esta última etapa que engloba además los poemarios Y tu poema empieza (1987) y Jardín de arena (1994). Cuatro libros que profundizan, progresivamente, en la esencialidad y la desnudez desde una perspectiva muy poco transitada por la poesía hispánica. Corredor-Matheos adopta una perspectiva contemplativa que salta desde los elementos cotidianos a lo inexpresable mediante la concisión y el empleo de los términos suficientes, sin apriorismos perturbadores.
Podríamos hablar de un asombro ante lo que existe más allá de él, asombro que parte del vacío atento –no olvidemos que el autor es un gran conocedor de la poesía y la filosofía extremoorientales- y que se diluye en el ser mismo de las cosas, después de haber realizado el egocidio necesario para crear ese vacío.  En este sentido, El don de la ignorancia supone un paso más en ese camino sin fin repleto de descubrimientos.
Dividido en cuatro partes, tres de ellas se centran en la relación con la otredad en cuanto que ésta nos asume y nos otorga existencia. La sección restante se compone de textos elegíacos que homenajean a personas ya desaparecidas pero que siguen manteniendo, de un modo trascendente, una relación con el yo lírico. Destaca, en esa parte, el poema escrito ante la tumba de Paul Valèry donde Corredor asume con total naturalidad su propia inexistencia, dentro de un sistema de inexistencias relevantes: “lo que queda de ti/ lo que queda de mí, / es tan poco que es nada”. Este hermanamiento funciona a manera de desdoble donde el yo y el tú son lo mismo, imbuidos de una progresiva identificación de raigambre budista: “todos somos todo y cada parte es Todo”. Pero, además, no es baladí la identificación con uno de los máximos valedores de la llamada “poesía pura”, estamos ante una adhesión a esa búsqueda, de un correlato en el quehacer de ambos, una vez abolido el tiempo y el espacio, desaparecida la historia lineal.

            Dejando de lado las elegías, las restantes secciones del libro recogen el asombro del que hablaba, un asombro vital, conformador, que se inicia con el primer poema: “Qué extraño es estar vivo, / sentirse rodeado/ de otros seres igualmente extraños./(…) Te sorprende que esto/que te envuelve/sea en verdad real,/que tú mismo lo seas./Tu vida la sostiene,/ acaso, esta extrañeza”. Dando la vuelta a un verso de Rilke, Corredor hace de su afirmación un programa existencial para los tiempos que corren y avanza, progresivamente, hacia nuevos hallazgos que transitan por la identificación con el entorno, la trascendencia de lo más cotidiano, la relevancia de un bestiario cercano (perros, pájaros) y la unidad a partir de la propia desaparición. Dentro de estos temas centrales encontramos la reflexión metapoética –pero no la gastada metarreferencialidad de la poesía occidental- que insiste en la inutilidad de la propia escritura, incapaz de apresar lo inefable o de re-crear lo existente de una forma plena: “¿Cuándo podré crear/un mundo tan real/ como irreal es éste/en el que vivo?/Todo lo que he logrado/ es escribir poemas/ que son sólo poemas.”

            El vacío, pues, el nihilismo, tejen las composiciones. Sin embargo, no se puede decir que estemos ante una poesía amarga, desesperanzada, sino que estamos más bien ante la búsqueda de la ataraxia, de la contemplación ardiente en estado de quietud y tranquilidad como medio sine qua non para la comprensión, para el desentrañamiento del ser y lo que le rodea: “Qué delicia sería/ tener conciencia clara/ de que todo esta noche /es sólo un espejismo, / y respirar entonces/ como por vez primera, /gozando ya sin ansia, /la pura inexistencia”. La pura inexistencia, el no ser como forma de situarse ante el mundo o como bien ha dicho Ángel Crespo refiriéndose al autor: “la poesía, la pura poesía se afirma como única manera verdaderamente humana de vivir en el mundo”. Esa es la postura de El don de la ignorancia que asoma ya en el título, un título imprescindible para escapar de las cárceles del ego, de cierto exceso de poesía exhibicionista.

Luís Luna

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