La escritora Genoveva Rodea presenta en Zaragoza su primera novela, ‘Las herencias del tiempo’. Un artículo de Mayte Guerrero

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Ante un aforo completo, en la sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza, el pasado 9 de enero Genoveva Rodea presentó la novela con la que inicia su carrera editorial, Las herencias del tiempo (Ediciones Letra Clara, Madrid, 2007). La autora estuvo respaldada por el escritor Juan Bolea, con el que mantuvo una amena charla en la que ambos desentrañaron el libro y las circunstancias en las que éste fue escrito, por el editor de Letra Clara, Jesús Fernández, y la asesora literaria Mayte Guerrero.

Bolea destacó la “profesionalidad” de la novela, algo nada usual en una ópera prima, así como la valentía de la autora al enfrentarse a un buen número de temas en la misma: pasiones y miserias humanas, relaciones interculturales, regreso al recuerdo de la infancia, poder del hoy… Por su parte, Genoveva Rodea derrochó naturalidad en su intervención y señaló las claves con las que se enfrentó a este reto: su evolución personal como escritora, el respeto a la cultura marroquí y el profundo mimo con el que trata al lector para que éste no se sienta menospreciado en ningún momento sino parte de la historia.

Las herencias del tiempo recrea el regreso a Casablanca de Bárbara, una mujer que vivió una de las épocas más bellas de su vida en la ciudad que la vio nacer. Ese viaje se bifurca en el reencuentro con los rincones que se quedaron prendidos en su alma adolescente, así como el reto de afrontar el futuro llena de vida y de optimismo. Por el camino, un buen número de personajes acompañarán a Bárbara -viejos amigos y algún que otro desconocido que traspasará la frontera del miedo al extraño. Por las páginas deambula un viejo amor perdido y la búsqueda de repuestas a su desaparición años atrás.

275.jpg Genoveva Rodea se inicio en las letras a través de la poesía, pero pronto cambió el registro para adentrarse en la narración, en la cual se muestra con soltura y originalidad. De hecho, Juan Bolea señaló que en el libro es difícil hallar restos que recuerden a autores consagrados; más bien, Rodea parece haber encontrado un sitio propio, unas características personales y una mirada única en su modo de hacer literatura. La autora, delegada de Zaragoza de la Asociación de Escritores Noveles, escribe cuentos y relatos, y colabora con periódicos y revistas. Actualmente trabaja en la corrección de su siguiente obra: La cara oculta del brillo.

El libro está editado por Letra Clara, cuyos representantes quisieron dejar patente el buen hacer de Rodea en todo el proceso creativo, e invitaron a los asistentes a su lectura, pues se mostraron seguros de que Las herencias del tiempo es un magnífico ejemplo del talento de los nuevos autores que tienen mucho que decir en las letras españolas.

Mayte Guerrero

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Carlos Frühbeck Moreno gana el I Premio ‘Luis Adaro’ de relato corto organizado por la Asociación de Escritores Noveles, con el patrocinio de Ediciones Letra Clara

 

El jurado del Premio ‘Luis Adaro’ de relato corto decidió por unanimidad que en su primera edición este galardón se le otorgara a Carlos Frühbeck Moreno, un burgalés afincado en Perugia (Italia). Su obra, Dibujos animados obtuvo el premio por unanimidad del jurado “gracias a su calidad literaria y por la novedad de su propuesta al vincular dos universos muy alejados”, declaró el presidente del jurado, el autor Gonzalo Moure. Formaban parte del jurado el también autor Ricardo Menéndez Salmón y Mayte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara, patrocinador oficial de este certamen literario.

El premio está dotado con 500 euros y la edición del relato que se publicará en un volumen junto a los diez finalistas.

El premio, organizado por la Asociación de Escritores Noveles, está patrocinado por Ediciones Letra Clara. Para su director editorial, Jesús Fernández, este premio “supone una oportunidad para los nuevos talentos de la literatura española”.

A este certamen literario se presentaron 250 manuscritos. Un 70% procedían de diversas Comunidades Autónomas españolas. El resto, de diversos países, como Argentina, Uruguay, Francia, Italia, Israel, Chile, Cuba, México, Estados Unidos o República Dominicana.

Carlos Frühbeck nace en Burgos en 1977. Diplomado en Óptica y Optometría y licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, ha sido profesor de Español para Extranjeros en diversos países como China, Italia o Vietnam. Actualmente trabaja en el Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Perugia (Italia).

En su haber tiene editado tres obras de poesía, y un ensayo titulado Justo Alejo: Una escritura de vanguardia y compromiso. También está en posesión de varios premios literarios como el Premio de poesía ‘Jorge Manrique’, Premio de poesía ‘Juan Alcaide’, Premio de poesía ‘Antonio Gonzalez de Lama’, Premio de relato corto ‘Villa de Errenteria’, y accésit Premio ‘José María Franco’ de relato corto para jóvenes escritores.

Para Covi Sánchez, Presidenta de la Asociación de Escritores Noveles, este premio literario “supone un nuevo reto dentro de los objetivos prioritarios de la asociación”. Muy satisfecha por la participación recibida, manifestó que “ello demuestra el gran interés que suscitan estas convocatorias literarias entre los autores noveles”.

El premio se entregará en el transcurso de los actos de clausura del I Congreso de la Asociación de Escritores Noveles, que tendrá lugar en el Palacio de Congresos-Auditorio Príncipe Felipe, en la ciudad de Oviedo el próximo mes de Diciembre.

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“Enseñar a leer” (y III), por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara).

El editor que descubrió a Harry Potter dice tener lista la próxima “sensación literaria” para el público infantil y juvenil. No habrá que pensar mal, no. No se trata de que el próximo mes se publique el último de la saga del “niño-que-ya-se-nos-ha-hecho-un-hombre” volador en escoba, ni que su descubridor se haya agarrado a ella con todas su fuerzas para no caer desde la altura que alcanzan esos trastos cuando juegan al quidditch. No, no hay que ser mal pensados.

La nueva sensación literaria -no dejo de maravillarme con la expresión- consiste, al parecer, en un niño arqueólogo que, cavando un túnel, encuentra un mundo perdido bajo Londres. ¿Estaremos ante otro globo de tópicos? Niño arqueólogo, mundo oculto bajo tierra… Habrá que esperar pero, por lo que parece, será más de lo mismo.

En alguna discusión he mantenido la opinión de que los niños deben leer cualquier cosa, con tal de que lean. Pero últimamente no lo veo tan claro. Sí, por supuesto que es un logro el que millones de chavales de todos los continentes hayan hecho cola en las tiendas para adquirir un libro en vez de un videojuego, pero, ¿acaso la fuente de esas historias no es otra que un refrito de referencias cinematográficas, mitología pasada por el pasapurés y embrollos de criaturas fantásticas que parecen cada vez más ordinarias, porque perdieron el “extra” en la enésima repetición? ¡Cómo se ha complicado el asunto de atraer la atención de los más pequeños! En mis tiempos -no hay duda, cuando se usa esta expresión es señal inequívoca de que te estás haciendo mayor”- bastaba con un misterio de andar por casa y cuatro chicos de vacaciones con perro para resolverlo sin salirse del pueblo. Algunos dirían que en aquella época no había tanta competencia “mediática”. Vale, puede que los videojuegos no pasaran de una minúscula nave en dos dimensiones y monocroma disparando puntos a unas bolas que explotaban, pero aquello nos parecía “lo más” y representaba el máximo nivel de tecnificación existente e inmejorable. Había televisión, cine, incluso ¡gafas de 3D! Por supuesto que nos gustaba la fantasía, las hadas y los dragones voladores, pero todo era…, ¿más inocente?

Volviendo al asunto de las “sensaciones literarias” -perdonad la insistencia, es que resulta tan…, rimbombante-, y arrinconando a un lado el hecho de que haya que incitar al chico para que lea, supongamos que éste ya tiene la costumbre, el hábito, el placer de hacerlo, ¿aguantará mucho leyendo el mismo tipo de libros? ¿Qué tal si el padre, madre, tutor, hermano, tío o adulto más cercano le va introduciendo dosis de “otras cosas” entre Harrius ―como le llaman en la versión latina, que “haberla, hayla”- y otros niños prodigiosos en contra del “mal peor”? ¿Qué tal si esas píldoras exóticas de la literatura hacen que el púber vaya adquiriendo la capacidad de paladear diferentes tonos literarios? ¿Qué tal si llega un día y te pide que le aconsejes sobre el próximo o te pregunta quién es Roald Dahl y qué más escribió? ¿Qué tal si un día te comenta que ya no está para cuentos de niños y que prefiere leer algo que no ocurra fuera de los límites de la física ni de la genética, para variar?

Puede pasar y es muy reconfortante.

Myte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara.

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“Enseñar a leer” (II), por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara).

Respuesta urgente. Leo en EFE que el ministro de Educación y vicepresidente del Gobierno de Polonia, Roman Giertych -añadamos un par de adjetivos que contextualicen estos datos: ultracatólico y ultranacionalista- pretende eliminar del programa educativo las obras de Conrad, Goethe, Dostoievski y Kafka, para reemplazarlas por libros de escritores católicos y nacionalistas polacos. Si el que está leyendo estas palabras las ha recibido con un gesto de sorpresa, que se tranquilice, que la explicación que da el susodicho zanja el asunto (?): “Aconsejo a quienes protestan ante el proyecto que comprendan que hay que centrar la atención en el pasado y dar a las figuras del siglo XX la significación real que tienen hoy”.

Cuando se publicó en este blog el anterior artículo, aún no tenía conocimiento de esta “gran idea” del Gobierno polaco, y ahora, no sólo me asiento en los argumentos que en él expresaba, sino que hago un llamamiento para poner el grito en el cielo ante semejante sandez de propuesta.

Eso sí que es incidir en la semilla de la aceptación de conceptos como libertad de pensamiento, pluralidad de ideas o derecho a la crítica. Cuando una persona se está formando, la literatura ayuda a marcar el grado de afianzamiento que el adulto poseerá para resolver problemas a lo largo de su vida; le otorga unas armas muy necesarias para la réplica y la defensa de sus derechos; le hace legítimo de sus decisiones y le enseña la importancia del respeto a los que tienen otra forma de ver las cosas. Pero, claro, para todo ello hay que contar con que no se “guionice” de manera exclusivista las lecturas que acompañarán a los estudiantes en esos pasos previos.

Puede que haya quien diga que no pasa nada por no leer a Conrad, Kafka, etc., en el periodo escolar. Incluso se puede apurar -retomando la idea del artículo anterior- diciendo que todos ellos son autores difíciles que necesitan una preparación previa literaria. Pero la esencia del problema no son esos nombres, sino la actitud que emplea el poder a la hora de determinar qué “figuras del siglo XX tienen significación real hoy”. Me pregunto qué figuras cree el señor Giertych que tienen significación real hoy. O mejor aún, ¿en qué se basa ese mandatario cuando dice que Dostoievski o Goethe carecen de importancia en los inicios del siglo XXI? ¿Acaso ellos no analizaban la esencia del ser humano como consecuencia de su tiempo -no tan lejano- más allá de patrias y banderas? Claro, ése es el problema. ¿Acaso no incidieron todos ellos en las angustias inherentes a todo ser pensante? ¿Acaso no plantearon conflictos que se pueden extrapolar con facilidad al presente, por ejemplo, polaco? ¿Acaso no hizo otra cosa Shakespeare, y por eso sigue siendo comprensible, diáfano y universal? ¿Será que son peligrosos? ¿O es que lo que se pretende es cerrar círculos para mantener la presión, por aquello de que es más fácil manejar a quienes no tienen capacidad de contrarrestar los ataques por sí mismos? Sí, ese debe ser el motivo.

Se empieza dirigiendo las lecturas con motivos dudosos y se acaba prohibiendo, obstaculizando, delimitando… Verbos para poderosos, pero poco literarios. No es Giertych el primero, ni será el último que atente en este sentido. Pero resulta tan obvia la crítica, como incomprensible que se sigan recurriendo a este tipo de coacciones. Protesto, señoría.

Mayte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara.

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“Enseñar a leer” (I), por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara)

Por fin veo una opinión crítica acerca de la enseñanza de la lectura en la escuela por parte de un miembro activo de la misma. Repito: ¡por fin! La hizo Teresa Colomer, profesora de Didáctica de la Literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. La también escritora afirmó que “la formación de los maestros no trata bien la enseñanza de la lectura” porque la Administración “no ha diseñado un buen plan para este campo”. Según explicó, algo tan básico como leer en los centros educativos se excusa “porque quita tiempo al programa”. En fin…

No se descubre nada si se concluye que el germen del amor por la lectura en una persona se instala, en principio, a través de la empatía que establezca con los miembros de la familia y, en paralelo, a través de la educación que reciba en la escuela. Pero el sistema hace tiempo que falla en este segundo factor. Que recuerde, en mi experiencia académica tampoco se dedicaba tiempo a leer en clase. Leíamos, claro que leíamos: por obligación, en casa y sin apoyo. No se me ocurren peores circunstancias para afianzar un gusto y crear un hábito.  

Por muchos años que hayan pasado, aún no olvido el suplicio que supuso la lectura de La Celestina, El Jarama, El Quijote…, cuando aún los chicos no se afeitaban y las chicas aún no sentían vergüenza por los cambios en su cuerpo. ¿Quién tuvo la brillante idea de pensar que aquellos mocosos estábamos preparados para ese nivel literario? Reitero: obligados, en solitario y sin apoyo. Los profesores hacían lo que podían intentado contextualizar aquellas historias, pero no dejaban de ser farragosos peñazos, algunos de ellos escritos con una palabra inteligible entre cien incomprensibles; libros que nunca llegaban a su fin. En contra de lo que se llevaba por entonces -pocos reconocían que hacían trampas-, y prescrito el pecado, confieso: leí el cómic sobre él que había en mi casa, no El Quijote de Cervantes -de hecho, no me sentí preparada hasta que no terminé los estudios universitarios-; no pasé de los primeros capítulos de La Celestina, pues parecía estar escrito en búlgaro, a pesar de tratarse de una edición con mil notas a pie de página; y si conseguí terminar El Jarama fue gracias a mi madre, que leyó la segunda mitad y me la contó como un cuento. Lo más sorprendente de todo es que, aún así, saqué siempre unas notas magníficas en la materia. Hoy pienso que los profesores no podían pedir mucho a sus alumnos y hacían la vista más que gorda, obesa.  

No, no es de esa manera como se alienta a leer a los más jóvenes. El efecto es el contrario: sé de algunos que no volvieron a abrir un libro recordando aquellas torturas. ¿Que el leer en clase resta tiempo al programa? Pues que lo reste, que leyendo se aprende, entre otras cosas, a sintetizar, a asimilar, a conceptuar…, a todas aquellas tareas que se exigen más tarde en los exámenes sobre los contenidos de “ese” programa; que la literatura es más que el Siglo de Oro español; que los niños se divierten con historias de aventuras; que Julio Verne no se incluyó en ningún programa educativo, ni Robinson Crusoe, ni los hermanos Grimm, ni Hans Christian Andersen…  

Menos mal que algunos maestros se salían del tiesto en ocasiones y daban a elegir entre hacer un trabajo de cien páginas sobre la historia de Estados Unidos, o leer a Mark Twain; que enseñaban latín con versiones magníficas en esa lengua de Astérix y Obélix; o que al final del curso, más o menos por estas fechas, ofrecían una lista con propuestas de lecturas para el verano “fuera de programa”. Aquellas son las que se recuerdan con una sonrisa.

 

Mayte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara.

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“’Lolita’ de Vladimir Nabokov y otros libros expurgados”, por Mayte Guerrero de Ediciones Letra Clara

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Entro en un portal de Internet para hojear las noticias de literatura. Una de ellas lleva como titular: ‘Lolita’, 30 años huérfana de padre y aún escandalizando. En la entradilla explica que ayer se conmemoró el trigésimo aniversario de la muerte de Vladimir Nabokov, “dejando tras de sí un puñado de obras maestras entre las que brilla un título que sigue siendo símbolo de las pasiones más inconfesables”. A continuación, un comando ofrece la posibilidad de ampliar la información. Pincho en él y… oh, oh, un tal Canguro Net me informa de que la página que estoy a punto de ver “ha sido filtrada por el sistema, ya que su contenido ha sido clasificado dentro de las categorías no permitidas”. ¡A estas alturas del partido! Lo que sí ofrece es la posibilidad de que, si se considera que ha habido un error, se haga constar en un formulario y se recibirá una respuesta sobre el asunto. Hecho. Un rato más tarde, llega un correo electrónico informando de que “se ha procedido a la revisión de la página, se ha reclasificado y, por tanto, se libera el acceso de la misma”.

Tengo una sensación bastante extraña de todo esto. Por un momento me sentí Winston Smith, el protagonista de 1984. ¿Quién ha “recalificado” la página? ¿El Gran Hermano? ¿Algún concejal con vistas? Pero, más allá de bromas, la verdad es que la anécdota resulta muy significativa. Me pregunto qué palabra impidió al sistema considerar la información poco conveniente: ¿escándalo?, ¿Lolita?, ¿pasiones inconfesables? Recordemos que esta novela se publicó por primera vez en 1955, con bastantes problemas por cierto. Nabokov vio cómo se la rechazaban en un buen número de editoriales, hasta que una francesa de temática erótica la sacó adelante. Pero las dificultades no se quedaron ahí, y tras ser catalogada de pornográfica, el libro ha basado buena parte de su fama en las críticas por su contenido y las prohibiciones en países como Inglaterra o Estados Unidos. Cuando Kubrick rodó su versión cinematográfica en 1962, tampoco ésta se vio libre de culpa.

Lolita es sólo uno de la larga lista de libros prohibidos que ha habido a lo largo de la historia de la literatura. Incluso la Iglesia elaboraba desde 1559 un índice de libros estigmatizados, Index Expurgatorius, cuya edición de 1948 incluía a nombres como Defoe, Balzac, Sartre, Gide, Flaubert, Dumas padre, Dumas hijo, Stendhal, Victor Hugo o D’Annunzio, por citar tan sólo a los más llamativos. Argumentaban que tomaban estas medidas para prevenir la corrupción de los fieles. Sobran las palabras.

El caso es que más allá de famas inmorales, Lolita sigue siendo uno de los libros mejor escritos del siglo XX, de aquellos que no se abarca en una sola lectura, de los que sientan cátedra sobre cómo perfilar personajes… Pero no, no es el momento ni yo soy quién, ni quedan ganas para redescubrir a Lolita, aunque la sombra de su pecado siga siendo muy, muy, muy alargada.

Ahora sólo espero que vuestros sistemas no “revisen” estas palabras antes de poder leerlas.

Mayte Guerrero, asesora literaria de Ediciones Letra Clara. (Artículo aparecido en el Blog de Ediciones Letra Clara).

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“Creatividad literaria: ¿Qué pensaría Borges…”, por Mayte Guerrero, del Blog de Ediciones Letra Clara

(Artículo publicado el 5 de julio de 2007 en el Blog de Ediciones Letra Clara).

…si supiera que han “reinventado” a sus personajes en una Nueva historia universal de la infamia? Rhys Hughes, escritor galés y “profundo” admirador de Borges, es el sujeto al que se le ha encendido esta débil bombilla. Tendría un buen saco de acotaciones que hacer al respecto, pero me limitaré a decir que yo que él me sentiría algo preocupada con mi capacidad creativa si tuviera que echar mano a trucos parecidos.

La primera enseñanza que recibe alguien que quiere escribir, y lo mínimo que se le puede pedir, es que intente crear. ¿Reinventar? Que alguien me diga el sentido, que no lo encuentro. A mí me echaron una buena reprimenda cuando en un escrito hice referencia al Rick’s Café de Casablanca, y eso que sólo lo mencioné de pasada. Pero quien me lo dijo tenía mucha razón: “¿No crees que es muy manido? Crea tus propios mitos, no busques en el baúl, que es lo fácil. Lección a fuego.

Por lo menos, este galés ha tenido la valentía de no esconderse, porque de otro cantar son aquellos que, sin mencionar su propósito, no hacen sino trillar el campo. En este sentido se podría añadir que, en el caso concreto de Borges, éste ha sido siempre un referente para muchos escritores en busca de originalidad. Pero resulta incoherente que esa intención acabe desembocando en el efecto contrario: quiero ser original, imito a Borges. Uhmmmm…, no cuela.

Un debate interno inherente a todo escritor es calibrar la posibilidad de encontrar su propio espacio creativo. ¿En qué punto se estira la cinta que delimita la parcela de “lo creado” de “lo influenciado”? Podemos salvarnos del atolladero toda vez que el punto de partida sea natural e inconsciente. Me refiero a que una cosa es iniciar el viaje con el pasaporte de “voy a parecerme a…” como algo asumido, y otra muy diferente que uno inicie la conquista por libre y que el análisis del resultado dé que al que te lee “le recuerdes a…”.

Siguiendo un pensamiento conceptualista, ningún ser humano será capaz de crear en tanto en cuanto éste tiene un pasado, unas lecturas y unas referencias previas difícilmente prescindibles. Pero este razonamiento borraría la capacidad real de la creación como algo puro. El truco, supongo, está en encontrar un punto medio adecuado que permita que el acto creativo sea posible, como consecuencia del aprendizaje de lo que se hizo antes de nosotros y, como añadidura, de la intención de superar esos modos de hacer, algo que explicó magníficamente Francisco Cenamor respecto de la poesía en su artículo sobre la libertad en este ámbito. En la intención de superación está el germen evolutivo que ha permitido que las artes, no sólo la literatura, avanzaran. Por el contrario, actitudes como la del galés de las nuevas infamias se antoja, cuando menos, un estancamiento.

Pero, volviendo al caso de Hughes, la estrategia es tan evidente que se podría pensar que no ha hecho otra cosa que seguir el juego que el propio Borges planteó en Pierre Menard, autor del Quijote, texto incluido en el libro Ficciones, sobre un autor que “no quería componer el Quijote -lo cual es fácil- sino escribir el Quijote”. “No se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes”.

La genialidad de Borges no estaba tanto en sus retorcidas obsesiones metafísicas y filosóficas, como en el grado de exquisitez que alcanzó a través del lenguaje, y en el carácter casi científico con el que dotó su actividad literaria. Pero los que sólo se quedaron con lo llamativo e intentan exprimirlo no se dan cuenta de que lo anecdótico no tiene por qué ser considerado creación, “que lo ingenioso no es lo único para ser original”, que el fuego de artificio tiende a descubrir una realidad hueca, y que el alusivo homenaje que hay detrás de muchas incapacidades innovadoras no debe justificar los medios. Como dijo Manu Chao, “nos engañaron con la primavera”.

Mayte Guerrero, asesora Literaria en Ediciones Letra Clara.

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“Literatura de frontera”, por Mayte Guerrero, del Blog de Ediciones Letra Clara

“Las fronteras no son el Este o el Oeste, el Norte o el Sur,

sino allí donde el hombre se enfrenta a un hecho”.

Henry David Thoreau

(Artículo publicado el 9 de julio de 2007 en el Blog de Ediciones Letra Clara).

Reflexión de Veit Heinichen, escritor alemán: “Las fronteras son zonas de contraste que dan pie al nacimiento de la literatura”. El autor, que suele situar las tramas de sus libros en la frontera física entre Italia y Eslovenia -la ciudad de Trieste-, opina que ese tipo de ciudades contiene la mezcla perfecta de pueblos, culturas e idiomas como para que la literatura tenga su razón de ser.

Se podría ampliar la literalidad de este pensamiento e interpretarlo como imagen: la literatura como cuestión de fronteras. El fenómeno literario no ha dejado de trazar una línea paralela a la historia del hombre, como un largo espejo que le ha ido acompañando a través del tiempo, según las circunstancias sociales, políticas y económicas que transcurrían al otro lado, en la realidad tangible del ser humano. Donde acababa ésta, empezaban las palabras. Pero la relación entre uno y otro camino no siempre se marcó como un simple acto de duplicidad de imagen. El factor reivindicativo y comprometido de las letras ha estado ahí siempre, y los que estaban dentro del espejo sacaban sus brazos y alentaban por que las cosas cambiaran en el escenario práctico de la existencia. Las fronteras se rebelaban.

El compromiso que adquirió el hombre con las letras va más allá de las reivindicaciones evidentes respecto al cambio anhelado a gran escala. Se puede decir que la literatura actúa también como un reloj de arena: acumulando individualidades. El sujeto inmerso en el proceso literario sienta primero unas bases propias en su persona, plantea interrogantes a sus propias fronteras: las analiza, las estudia y empieza a trabajar a partir de ciertas conclusiones. El lector, en el acto de comprensión de un texto, también cuestiona, reflexiona y pone en duda; es decir, evoluciona, traslada sus fronteras o las deja en su sitio después de jugar con ellas; avanza o retrocede, pero se mueve.

Técnicamente hablando, la literatura no ha dejado de cuestionarse sus propios límites, hasta llegar a la meta lógica de querer romperlos. De reflejar como espejo, y de considerar este hecho como algo superado, ha evolucionado a la interpretación. De ahí que se antoje lógico que el futuro siga estando en la ruptura de las casillas que imponen los géneros, las formas, los medios y la recepción de las creaciones. Vamos, romper fronteras en toda regla.

Y es que no hay nada más esperanzador que la fusión ―la misma mezcla que se produce en una ciudad fronteriza―, que de hecho ya se está dando en la literatura con la apertura que están aportando la tecnología, el cambio de mentalidades y la actitud de afrontar la creación. El reto es adecuar todo ello para que el traslado de los límites sea hacia algo positivo, y todos tenemos algo que aportar al respecto (por aquellos que a veces dudan de la finalidad de su actividad literaria).

Mayte Guerrero

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“¿Qué leer en verano? Libros de hamaca y cocotero”, por Mayte Guerrero

(Artículo publicado el 2 de julio de 2007 en el Blog de Ediciones Letra Clara).

Una gran lectora y amiga me comentó una vez que no existen libros de verano como tal, pero sí que hay “libros de invierno”, que se hacen poco llevaderos en medio de la canícula. En este apartado incluía a “casi toda la novela francesa del siglo XIX”; ocurrencia que nos llevó a la risa. Algo de razón tenía cuando explicaba que uno se mete más en ambiente cuando lee esas novelas tapado con una manta. En fin, cada cual con lo suyo.

Lo que sí parece una opinión generalizada es que las vacaciones son el momento ideal de lectura para muchas personas que no encuentran el estadio mental adecuado para esta actividad el resto del año. Aceptemos barco como animal acuático. ¿Qué leer en verano? Temáticas relajadas, ambientes fresquitos y/o exóticos…, el humor siempre es bienvenido; dramatismos, los justos… Los relatos de aventuras pueden encajar bastante bien en estas necesidades. Pero si tuviera que elegir libros de hamaca y cocotero, sin perder un grano de calidad, lo tendría claro: la trilogía que rememora la estancia en Corfú de Gerald Durrell: Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses.

Hermano de Lawrence Durrell -célebre autor de El cuarteto de Alejandría-, zoólogo y naturalista, Gerald no pretendió sino dejar constancia de la fauna y la flora que fue descubriendo mientras vivía en la isla griega, cuando aún era un muchacho. Pero cometió el error ―según sus propias palabras― de introducir como personajes a los miembros de su propia familia, que, en poco tiempo, acabaron por adueñarse de las páginas de estos libros. Las vivencias griegas de los Durrell quedaron para la posteridad en una magnífica mezcla de retrato de costumbres, escenas hilarantes y biología de campo entusiasta tras los ojos de un chico. Por mucho tiempo que pase, el lector no podrá olvidarse de la autenticidad que desprende la historia, del magnífico toque de sabiduría que derrocha la figura materna (“mi madre insiste en que explique que es viuda, porque según su sagaz observación, nunca se sabe lo que puede pensar la gente”), de la caricatura semi-maléfica y desternillante del hermano mayor que iba de intelectual, de Spiro y otras criaturas autóctonas…

La trilogía de Corfú es verde, azul y blanca; es falsamente ingenua, optimista y amable; es mar, tierra y piel… Verano en sí misma.

Estos libros huelen a sandía”, leí que decían.

Mayte Guerrero

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Fetichismos, por Mayte Guerrero

(Artículo publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara, el 25 de junio de 2007)

Leo con malicia las confesiones del que fue mayordomo de Ernest Hemingway durante veinte años en La Habana. Me entero de su rutina de trabajo, de la toalla con la que tapaba la máquina de escribir cuando finalizaba su jornada, de los desayunos que tomaba en la terraza, del atuendo con el que superaba el calor de la isla, de la manía de contar las mil palabras que se ponía de tope a diario, de las anotaciones sobre su peso corporal… ¡Es tan fácil imaginar al barbudo en esas actitudes! La noticia destaca que el escritor no pedía su primera copa hasta que no terminaba su labor (“…mientras estaba escribiendo no tomaba”): ginger, limón y coco.

Las leyendas que rodean a ciertos mitos (algunas de ellas sin probar y, mucho me temo, alentadas por ellos mismos para hacerse más interesantes o, al menos, parecer humanos) no dejan de ser carne fresca para los fetichistas de este mundo. El día que me enteré de que Kakfa era un “simple” oficinista que nunca puso un pie más allá de lo que sus estrictos quehaceres le obligaban, además de ser enfermo enfermizo (espécimen muy diferente al enfermo a secas), sí, ese día faltó algo: debilidad, humanidad…, la irónica locura que se le presupone al padre de Gregorio Samsa.

Pero más allá de casos puntuales, parece evidente que quien más quien menos ha aderezado su existencia, y algunos de ellos han llegado a ser víctimas de sus consecuencias. Es difícil pensar que un escritor (entendido como persona que básicamente se dedica a mentir, como dijo aquel) se resigne a llevar una vida ordenada, o, cuando menos, que lo admita; pues estaría defraudando a los fetichistas que piensan que para ser un grande de las letras hay que estar pagando un tormento hipotecado del pasado.

De acuerdo, no es necesario; como tampoco lo es saber qué manías tiene cada cual para escribir, pero ¿y si hubiera un patrón de conductas? Quiero decir, carece de sustancia racional que Hemingway necesitara contar a diario una a una las palabras redactadas, y que anotara en un cuaderno que había llegado a las mil en cada caso, pero ¿y si ese hecho desvelara una inseguridad que no se desprende de sus obras? ¿Qué otros miedos con significación psicológica hay detrás de cada escritor? Seguro que cientos. ¡Hasta Kafka dudaría mucho a la hora de redactar con una pluma que no fuera su habitual! ¿Sería tan raro pensar que las obras de los escritores consagrados estén muy por encima de ellos mismos, que por momentos se sintieron devorados por sus criaturas? El mito de Frankestein no debe estar muy alejado de ciertos nombres que todos tenemos en mente.

Visto con perspectiva sólo son anécdotas curiosas para fetichistas literarios, pero lo que nunca sabremos es hasta qué punto necesitaron de esos bastones ridículos para seguir pisando tierra. Lo que entusiasma es pensar que detrás de cada escritor hay un personaje estupendo para una historia.

Mayte Guerrero, de Ediciones Letra Clara.

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