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La literatura guanacasteca tiene como antecedente histórico la producción de la literatura popular (coplas, bombas, retahílas, tallas, cuentos o cuadros costumbristas). Los sabaneros y la peonada componen y declaman. Son poemas anónimos, espontáneos, apelativos, de lenguaje directo, que se transmitieron oralmente, desde el contexto de la hacienda ganadera, en el siglo XVIII, hasta hoy. Con dicha literatura adquiere vigencia el color local, el lenguaje vernáculo, la figura del sabanero y del campesino, lo pintoresco, el contexto rural o el acento geográfico idílico.
El folclore tiene espíritu epocal, se canta, se transmite, se recuerda. Los cuentos y romances populares, las coplas o la música regional, representan una afirmación de la guanacastequidad, como una manera de conformar su acento diferenciador.
La poesía guanacasteca en el siglo XX, parte de un hecho trascendental: la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, el 25 de julio de 1824. Desde 1980 sostengo que el grito: “¡De la patria por nuestra voluntad!”, marca el nacimiento de conciencia de esta literatura, que hoy se desarrolla en la triangulación local, nacional y global. La precisión semántica “¡De la patria por nuestra voluntad!” permitió aglutinar los anhelos de todo un pueblo. En esa línea, se considera una frase bisémica, que incluye los conceptos, patria y voluntad y, en opinión de Marco Tulio Gardela, representa “todo un poema en una frase de pedestal” (Gardela, Marco, 1995, 22. Guanacaste, árbol poético. Universidad de Costa Rica).
La temática empleada por la poesía guanacasteca escrita, precisa vías como el amor, la naturaleza, la historia, la soledad, la vida, la muerte, el misterio, el dolor, la paz, la familia, la deshumanización, Dios, la protesta social. Inserta, asimismo, costumbres y tradiciones: sabanero, vaquiada, bailes, música; igualmente, los hechos sociopolíticos de la Anexión del Partido de Nicoya, la participación en la Campaña Nacional, la presencia del Batallón de Moracia, el cercenamiento peninsular, la Confraternidad Guanacasteca; el índice socio-productivo de la hacienda ganadera y la explotación minera. En todos, se advierte un compromiso de conciencia con el mejoramiento del Guanacaste Eterno.
Los creadores de la zona han encontrado en la incorporación de su registro lingüístico un distintivo para su discurso poético. Existe una vocación transparente por insertar términos regionales, con los cuales la poesía guanacasteca gana giros semánticos y estilísticos propios. Ser guanacasteco es enorgullecerse de ello para perfilar un espíritu distintivo dentro del espacio regional, nacional o planetario.
Se desprende que los términos incorporados corresponden a diversas actividades socioeconómicas de la región: la hacienda ganadera, las formas de producción artística, las fiestas, la agricultura, la flora, la fauna, la actividad minera, entre ellas: sabanero, espeque, guacal, bajura, fajina, parranda, vaqueada, pampa, huelenoche, tinaja, llano, hamaca, matapalo, coligallero, molinete, polaina, surco, hacienda, marimba, vaqueta, comal, toril, relinchar, quijongo, tonada, retahíla, baile, rodeo, talla, picada, tajona, galope, arrecho, cimarronero, pilón, alforja, calabazo, fogón, rancho, nimbuera, quijongo, carraca, jícaro, grito, barro y los populares güipipía, o bien, uyuyuy bajura.
Los símbolos con mayor recurrencia: Dios, lluvia, sol, naturaleza, noche, sabanero. En otro orden: mujer, llano, hombre, semen, semilla, grillos, mar, animales, cosmos, silencio, sangre, raíz, fuego, piel, piedra, ojo, flor, tierra, luz, ríos, pájaros.
Mediante la poesía es posible reconocer los rasgos que fortalecen la identidad cultural del ser guanacasteco con una visión cosmovisionaria: trabajador, franco, amigo, benigno, fiestero, luchador, apasionado, respetuoso, decidido, pacífico, idealista, autóctono, sensible, orgulloso, extrovertido.
Se considera de interés señalar que algunos ven al guanacasteco como un ser empeñado en preservar sus raíces y transmitirlas, no obstante, se aduce que es abierto al contacto con otras culturas, sin embargo, desea conservar su propio universo, porque vivencia cuanto puede su vertiente cultural. Existe una clara conciencia de que existe un ser guanacasteco, heredero de una cultura chorotega, subalterna y marginada, que se lleva adentro y se materializa en su forma de hablar, en una cadencia propia y en una gastronomía basada en el maíz.
El guanacasteco es quien siente, vive, apoya y contribuye con el engrandecimiento del ser vernáculo mediante su cultura y perfila su espíritu dentro de un mundo de tradiciones y modos de ser. El auténtico guanacasteco debe enorgullecerse con la práctica de la guanacastequidad, definida por Marco Tulio Gardela como “el conjunto de características, símbolos, costumbres que conforman el ser guanacasteco, forjado en el cotidiano discurrir y en los acontecimientos trascendentales” (Gardela, Marco; Fajardo, Miguel; Zúñiga, Ligia. Confraternidad guanacasteca siempre. San José: Zúñiga & Cabal, 1991, p. 9).
‘Vivamos la guanacastequidad’ es un programa curricular, avalado por el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica. Es decir, el guanacasteco inscribe su orbe, tanto humano como cultural, de un modo definido; comprende su realidad contextual y se muestra como partícipe de su herencia histórica, la cual tiene que defender de amenazas e incomprensiones.
Cada creador debe preocuparse por conocer los alcances en torno de su función artística, la que es valorada desde diversas perspectivas, a saber: mantiene viva la memoria colectiva; proyecta al ser humano en todas sus dimensiones;.es vehículo de transformación cultural de los pueblos; es un medio de lucha contra la ignorancia y la pobreza; es un acto de goce personal, en su creación y recreación; actitud de reivindicación social, militante y comunicativa.
Se evidencia una diferenciación sostenida entre los creadores del período tradicional (idealización guanacasteca), con la incorporación de unidades como costumbres, tradiciones, el abordaje prototípico contextual, la hacienda ganadera como eje económico y el surgimiento de los arquetipos, producto de ese entorno. En este período, que comprende hasta la primera mitad del siglo XX, la actividad económica guanacasteca giró en relación con las actividades socio-productivas de hacienda ganadera. Como un antecedente al período tradicional, se consigna la existencia de tres textos emblemáticos: Mucho se morían un poema chorotega en nahuatl, recogido por el Dr. Chas H. Berendt en 1874; Loa del mangue de Nicoya, recuperado por el lingüista Walter Lehmann, en 1909 y El indio enamorado (Cabal, Antidio. Costa Rica y poesía. Poesía indígena I. San José: CEDECO, 2003, pp. 114-116).
En cambio, los creadores de la posvanguardia -Centro Literario de Guanacaste, 1974 hasta la fecha- han ampliado su canon lírico, y sustentan una visión objetiva de su espacio; asimismo, su ámbito literario posee tonos de mayor alcance, producto de los cambios en los índices sociales y educativos, creación de las sedes regionales universitarias, públicas y privadas, así como de obras de infraestructura y megaproyectos, que implican un relanzamiento: el aeropuerto internacional Daniel Oduber Quirós y el Puente La Amistad de Taiwán, por ejemplo, cambian el eje de vinculación con el Valle Central y el mundo, los cuales aceleran los procesos de transculturación y ponen a la provincia en la onda expansiva de los avances tecnológicos y en el marco de una nueva y agresiva economía de servicios. A modo de ejemplo, Guanacaste recibió a 240.000 turistas durante el 2007.
Dentro de las promociones más jóvenes, se observa una ruptura respecto de las formas y los modos literarios heredados. Dicha separación es, tanto en los aspectos estilísticos como en las producciones y los registros temáticos. Reflejan su preocupación desde Guanacaste, tanto en la onda extensiva como en la cosmovisión regional, nacional, continental y planetaria. Ellos mantienen una apreciación que choca contra las circunstancias limitadoras y se enfilan hacia un testimonio de símbolos y pluralidades. Es una poesía de proyección, producida desde Guanacaste, pero no para quedarse, necesariamente, en sus contornos.
Guanacaste, como sujeto lírico, es un nudo de significación visto desde una perspectiva crítica, con un lenguaje elaborado, lleno de figuras como la metáfora y la imagen guanacastecas, que tratan de visualizar una toma de conciencia lírica, al incorporar los guanacastequismos en las construcciones lingüísticas. La diversificación de los contextos económicos y sociales experimentados por la provincia de Guanacaste inciden, ahora, en la renovada cosmovisión, tanto temática como estilística.
Las lecturas de autores nacionales e internacionales son una constante entre los creadores nacidos alrededor de 1950. Otro factor son los viajes y los estudios. Muchos de sus creadores han logrado ser individuos más viajeros y, desde luego, amplían su orbe, ya que esa condición hace posible que el lector sea capaz de realizar otra lectura de la aldea global. Asimismo, la incorporación de la Internet amplía los espacios culturales en el marco de la modernidad y la globalización. Entre sus autores tenemos a Otto Apuy, Omar Arrieta, Marco Gardela, Manuel Marín, Florencio Quesada, Herberth Espinoza, Santiago Porras, Ernest Florian, Franklin Ruffino, Rosario Meléndez, Ligia Zúñiga, Mario Matarrita, Enrique Tovar, José Antonio Porras, José Antonio Cabrera, Álvaro Arias, Édgar Leal, Víctor Piloyo, Adrián Díaz o Miguel Fajardo.
Establezco la siguiente periodización para la literatura guanacasteca: a) 1824-1890; b) 1890-1935; c) 1935-1974; d) 1974 hasta hoy.
Cronológicamente, hay dos escritores fundacionales: Ramón Leiva Cubillo (1892-1992) y María Leal de Noguera (1892-1989). Escarceos (1930), de José Ramírez Sáizar (1915-2001) es el primer libro de la poesía guanacasteca. Adán Guevara Centeno (1913-1980) ha sido el poeta más viajero. Desde 1990 hasta la fecha, hay cinco tesis universitarias sobre temas y autores de Guanacaste, tres en poesía.
En conjunto, los poetas de Guanacaste han obtenido distinciones literarias importantes: Premio Nacional de Cultura Popular, Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural, ‘Aquileo Echeverría’, Joven Creación, Una-Palabra, ‘Jorge Volio’, ‘Alfonsina Storni’, ‘Fulbright’, ‘Carlos Gagini’, ‘Valle-Inclán’ o ‘Macedonio Palomino’.
Es interesante formular un recuento de la integración que, desde afuera, han realizado diversos autores, quienes incluyen a Guanacaste como tema literario, por ejemplo: Aníbal Reni, Hernán Elizondo Arce, Joaquín Vargas Coto, José León Sánchez, Joaquín Gutiérrez, Edelmira González, Rodolfo Dada o Juan Diego Castro Fernández.
Esta ponencia solo pretende mostrar la trayectoria de la poesía guanacasteca en el siglo XX, tanto en el estadio histórico costarricense, centroamericano, y más allá.
Lic. Miguel Fajardo Korea, académico de la Universidad Nacional de Costa Rica. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica. Ponencia presentada en el XVI Congreso Internacional de Literatura Centroamericana, 2008
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Nos acaban de comunicar el lanzamiento del número 31, correspondiente a los meses de abril y mayo de 2008, de la revista literaria Remolinos. Se trata de una amplia publicación gratuita sobre literatura que incluye entrevistas, poemas, relatos, crítica de libros, artículos literarios…, incluso mantiene un blog para hablar sobre la revista y colgar otras noticias. Remolinos se edita desde Lima (Perú) y está dirigida por Paolo Astorga, de quien ya hablamos en días pasados.
En este número estamos de enhorabuena, pues publican poemas de nuestra amiga Rocía Santillana, poeta y guionista de televisión, y entrevistan al Licenciado Miguel Fajardo Korea, poeta costarricense y colaborador habitual del Blog Escritores. También encontramos al poeta español José Ramón Huidobro, de quien ya hemos hablado alguna vez.
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Acaba de llegarnos un nuevo número, el 12, de la revista gratuita de poesía La Urraka, editada desde Cartagena de Indias (Colombia). Es una revista breve con poemas y relatos de autores de diversas nacionalidades. También con algunos poemas de autores famosos y con su habitual columna de la derecha con diversas y entretenidas informaciones breves.
Recordamos a nuestros lectores y lectoras que esta revista admite textos poéticos para su publicación. El único límite es la calidad y la brevedad.
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(Correo de Costa Rica).- La poesía es un alma secreta que se deja descubrir para que la valoremos con fulgor, en aras de brindarle al ser humano el refugio necesario para su reconocimiento interior. Sirve para extender el espíritu y para acrecer las intensidades de la vida. La poesía es un arma que se llena de propósitos, cada día de la tierra.
En nuestros encuentros con artistas de diversas latitudes, me encontré, hace un lustro, con el escritor Jaime Quezada Ruiz (Chile, 1942). Con él compartimos durante el XII Festival Internacional de Poesía de Bogotá, en el 2004. Conservo un gratísimo recuerdo de dicho encuentro, de su firme personalidad, de sobradísimos méritos y reconocimientos literarios en el ámbito hispanoamericano de la poesía, el ensayo, el taller y la crítica literaria.
Quezada es un reconocido estudioso y difusor de la obra de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas o Jorge Teillier. Presidió la Sociedad de Escritores de Chile y ha integrado el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En la actualidad, es director del Taller de Poesía de la Fundación Pablo Neruda y director ejecutivo de la Fundación Gabriela Mistral.
Jaime Quezada ha escrito Las palabras del fabulador, 1968; Astrolabio, 1976; Huérfanas, 1985; Un viaje a Solentiname, 1987; No liberto hombre, 1991; Cuenta-mundo, 1993; Escritos políticos, 1994; Antología de poesía y prosa de Gabriela Mistral, 1997; Por un tiempo de arraigo, 1998; Bendita mi lengua sea, 2002; Adamita, 2003 ; Pensando a Chile. Una tentativa contra lo imposible, 2004; El año de la ira, diario de un poeta chileno en Chile, 2005, entre un lujoso etcétera.
Llamadura, Jaime Quezada Ruiz (Editorial Costa Rica, San José, 2004, 145 págs, referencia liminar de Iván Carrasco Muñoz, portada sobre pintura de Odilón Redón). Es importante romper, en el contexto actual, los límites geográficos y abrirse a la recepción de la cultura de otras latitudes, como en el caso de este poeta sudamericano. Es un texto muy bien editado en Centroamérica.
Llamadura está dividido en nueve apartados con diversas temáticas ‘Como la palabra Dios en una película muda/ (Aunque todo el universo era Dios)’, es decir, plantea la fe como un arma de creencia. “Quiero decir que uno se vuelve un poco criatura de Dios”. Su poesía mantiene un acento de anticipación, el hablante aduce “Escribo para un futuro que fue ayer/ Año 2033”. La poesía es el futuro de las expectativas humanas trascendentes, siempre lo ha sido.
En un tono de ironía positiva el yo lírico endiña “Me tiraban piedras y manzanas/ Devolvía yo las piedras/ Y me comía las manzanas”. El poemario utiliza la letra versal como marca estilística. De hecho, los símbolos del hambre y la sed se encuentran en su acervo discursivo. “Desnudémonos/ El lobo pensará que ya somos cadáveres”, o bien, en este otro ejemplo, donde la muerte por hambre es una de los cortes filosos de su universo “Ya no existe el pan/ Ni la mesa/ Ni el mantel: / Sólo el retrato hablado de mi hambre”. Valdría la pena, en otro momento, una aproximación desde el psicoanálisis, sobre la base de esos nudos de significación.
Luego afirmará “Seré mi sólo desierto aquí en la tierra”, y es que en esta poesía del autor chileno, existe una recurrencia en defender el espacio vital de nuestra especie. Él aborda el acento ecológico con gran sentido “Mi corazón hace crecer la hierba/ Yo voy desapareciendo lentamente en la tierra”. Campea una cuota de responsabilidad en todos acerca de los padecimientos terrestres.
El hablante se visualiza en otros lares, por ello, es un habitante de la aldea global de la que formamos parte, pero lo hace con certeza “Me dicen que estaré mañana en una ciudad distinta/ Que sólo tiene la semejanza de tu ausencia”. En otro apartado hace ver “amo mi propia condición de transeúnte de otras latitudes”.
Este orbe no rehúye el abordaje que golpea las fibras más filiales de la condición humana “Hago que me pasen un video sobre las torturas/ El video dura horas semanas meses años”. Es decir, censura el acorralamiento a que se ha visto sometido el ser humano desde su existencia, pero enquista en su propio espacio “Alcanzo a gritar pero no viene nadie (…)/ Entonces me veo en la pantalla del televisor/ Cubierto con la bandera de Chile/ Manchada de sangre”.
En su travesía poética, el hablante aborda la experiencia escritural en Solentiname y confirma que en esa isla no se ve televisión, ni radio, ni se lee los periódicos “Pero se sabe todo lo que ocurre en el mundo/ Porque alguien toca la guitarra/ Y canta”. Esos versos se convierten en un esquema recolectivo que sintetiza en un sintagma verbal la esencia del modo de vida en Solentiname, que ha incorporado el nicaragüense Ernesto Cardenal.
Plantea el estado de soledad, cuando las estructuras de poder anulan la condición humana “Yo no valgo nada a pesar de todo/ Hace tiempo fui borrado de los registros ciudadanos/ No existo/ Me perdí en el camino”. El tópico del camino es un hilo que teje y desteje este libro-dossier de Quezada.
En una especie de rompimiento, incorpora una fábula “Escribió en una tabla: / No robar/ No matar (…)/ Y mató al hombre/ Y se llevó un venado”. La eterna lucha entre lo humano y lo natural encuentra un eco mordaz.
El hablante tiene una predilección por el recordar selectivo “Soy un hombre dichoso/ Visitado por mi infancia”. Ese estadio humano le posibilita un reconocimiento, inclusive, ahonda su incompletitud “No busco nada/ No golpeo ninguna puerta/ Solo/ Siempre solo/ Me hago niño/ Me hago eterno/ Doquiera que vaya floreceré”. Ante dicho panorama, la infancia se eterniza en el discurrir de la cotidianeidad. Ser niño se convierte en una respuesta eterna para enfrentar la incompletitud de todos.
El académico Iván Carrasco ha señalado que: “El carácter apocalíptico y profético de su poesía le confiere un matiz diferencial definido en el panorama de la lírica chilena actual”. También señala el tono autorreflexivo de su obra.
En el escenario de afanes, el hablante se interroga sobre su condición “Soy el ángel pobre/ Que pierde las plumas de sus alas/ Cuando asciende”. Igualmente, se manifiesta un reclamo interior cuando expresa “Hace tiempo que no digo una palabra”. Se advierte una soledad de la sociedad, sin solidaridad. Acaso el mundo se ha ido despersonalizando y ya no interesa el otro “Desde la ventanilla de un avión en pleno vuelo/ Alguien me mira/ Y compadece mi abandono”.
La poesía de Jaime Quezada se acerca a la cotidianeidad del universo. Él tiende a acercarlo con la certeza de su palabra en la llamadura de la errancia. Su obra recoge una serie de marcas intertextuales que nos ofrecen un panorama integral de sus lecturas y de sus recorridos para entender al mundo mediante sus constantes peregrinajes, entre ellos: José Martí, Walt Whitman, Nicanor Parra, Paul Verlaine o Blaise Pascal.
Protesta contra los ideólogos de la ignorancia, contra quienes creen que al quemar los libros muere la inteligencia. Hay tanto por decir sobre esa coyuntura, que el mejor testimonio son sus versos “Está bien que quemen nuestros libros/ Si nuestros libros no arden/ ¿Cómo de las tinieblas haremos claridad?” Su ideario deslinda una serie de marcos conceptuales que bañan el verano en medio del mar.
En síntesis, en Llamadura, Jaime Quezada ofrece un universo de múltiples vías para no irse sin lucha. Acentúa sus reclamos, sus recriminaciones contra quienes destruimos el hábitat que deberíamos defender para mejor nuestra calidad de vida. Su universo lírico se enrumba a trazar caminos, a marcar derroteros, seguro de que, en el mejor de los sueños se encuentra la esperanza que salvará al ser humano. Propone un llamado para que redirija sus pasos y encuentre el derrotero decisivo y pleno.
Jaime Quezada poetiza desde lo contingencial sin fronteras y plantea un remirar en torno a un corpus de la esencialidad. En su estro encontramos imágenes para guardar en el bolsillo, con acentos de revelación, con aspas desmitificadoras, todo ello, configurado en una relectura del mundo, en una concienciación de los descubrimientos, en una reconceptualización de tu vida o la mía, es decir, la de todos.
Lic. Miguel Fajardo Korea, Universidad Nacional de Costa Rica. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica. miguelfajardokorea@hotmail.com
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Ya está colgado en Internet el número 11 de la revista literaria colombiana La Urraka. En sus secciones habituales podemos leer poemas, relatos breves y pequeños ensayos de autores españoles, uruguayos, mexicanos, colombianos, cubanos, argentinos, ecuatorianos, costarricenses, peruanos, chilenos, guatemaltecos, daneses y franceses.
A Pesar de la amplitud de la propuesta literaria, es una revista que se lee en unos minutos, por la brevedad de sus textos. Además está amenizada por una columna en la que encontraremos, también brevemente, información y curiosidades literarias.
En este número se incluye el poema ‘cansancio ajeno’ de nuestro editor Francisco Cenamor.
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(Correo de Costa Rica).-La poesía seguirá siendo el estandarte más certero contra la insanias Un estadio de certitud ante la pobreza material o espiritual. Sirve para ganar el espíritu, proponer una fe acendrada o creer en el ser humano desde la aldea global de la que formamos parte, en este acerbo proceso de mundialización.
En la era digital, uno recibe impactos de sobriedad, de imágenes, de trabajo. A mi correo electrónico llegó la revista digital Remolinos, que dirige Paolo Astorga Requena. En esta era de la información, nos vemos asediados con la existencia de infinitos medios. En muchos casos, la opción eliminar es la respuesta; en otros, como en esta ocasión, abrirla fue descubrir un abanico de posibilidades expresivas desde el ámbito cultural sin fronteras.
Paolo Astorga Requena (Lima- Perú 1987) estudia Literatura y Lengua Española en la Universidad Enrique Guzmán y Valle. Es técnico en Diseño web y computación. Sus poemas iniciales aparecieron en la antología Reflejos del Alma (Lima, 2005). Es director y editor de la revista Remolinos. Ha publicado sus poemas en innumerables páginas literarias. Es creador, vía Web, de la I Antología digital de poesía, que reúne a 24 poetas del mundo. En el 2006 fue finalista del II Premio internacional de poesía ‘Desiderio Macías Silva’ y, recientemente, obtuvo el segundo premio del III Concurso internacional ‘Revista Hybrido’, en poesía. Su trabajo creativo se encuentra en revistas literarias, tanto físicas como digitales.
Me propongo una aproximación interpretativa a su poemario Anatomía de un vacío (Editorial Lulu.com, 2006). El texto contiene epígrafes de diversos escritores, a saber: Julieta Valero, Cristian Cruz, Lilia Díaz, José Watanabe, Luis Luna, Blanca Varela o Inés Cook, entre otros. Dichos paratextos se comportan como parte de las afinidades electivas del autor, en el entramado de su tejido textual.
Desde el íncipit, el poemario, que contiene 24 textos, establece un objetivo: desnudar los vacíos, porque “el dolor es un espectáculo divertido/ ante el eterno llanto de una niña enterrada en el asfalto”, es decir, el hablante increpa a quienes llenan de dolor la vida de los seres en cualquier parte del planeta. La muerte, uno de los vacíos humanos, se enquista como “invisibles cuchillas”. Ya no es la muerte natural, sino la provocada por la incomprensión y la maldad. Hoy, nuestra vida depende de los otros.
El concepto de lo vacío implica la presencia por negación, pues “volviste de tu propio laberinto / y entonces nos miraste contra la luz”. Véase que no es a favor de la luz, sino contra ella, su vacío, su opuesto. Ese será el clima de su textualidad.
El simbolismo de la burbuja es un refuerzo semiótico del vacío “una burbuja, una triste burbuja inocente / y llena de voces ajenas”, sin embargo, dicho elemento se humaniza, adquiere voz, pero deja de pertenecerse, porque es ajena. Además, hay “una campana a punto de surgir sobre un cuerpo ajeno”. La ajenidad es otro vacío, porque dejamos de ser nosotros, en función de los otros. Por ello, somos seres de incompletitud.
La asimilación de elementos inanimados refuerzan la rotundidad de los desplazamientos “un espejo calcinado/ otra vez / tendido en el piso, / invadido por estatuas”. Es decir, en este mapa lírico, hay rupturas de sistema, con lo cual, su poesía gana en profundidad expresiva, por ello, “las manos / están llenas de lágrimas rojas”, o bien, “El niño / le mira el rostro al ángel / grita su nombre desconocido / y se mata de risa”. Puede advertirse, entonces, la exigencia creadora para alcanzar los índices de las nuevas construcciones lingüísticas. Su empeño establece una especie de sistemas recolectivos que totalizan sus presupuestos estéticos.
Lo desconocido, lo inmaterial sirve como estera, por ello, “Duermo entonces/ otra vez feliz/ sobre un trozo de vidrio ensangrentado”. Los símbolos del rompimiento como el vidrio establecen un discurso de enajenación, a pesar de ello, se puede dormir feliz. Esa ruptura gana en profundidad constructiva.
La anatomía implica un proceso sistemático, sin embargo, es una especie de vivisección “y tu sombra/ atrás/ ya se ha aventado al vacío”. En otro apartado endiña “Por fin uno puede llorar simples sombras que se van con tu cuerpo/ (…) a una sombra mutilada por la nieve”. La composición discursiva de sombras en la nieve sostienen una gran categoría estética, implican ahondamiento expresivo y profundización del elemento eje: el vacío. Borrar las sombras de la nieve signa, desde luego, un vacío estelar. Otro más, pero en ningún caso el único.
Dos de los elementos naturales eternos, el fuego y el agua, se confabulan para una actuación poética “mientras arden las hogueras/ y el mar se hace perfecto”. Estos versos sostienen una gran categoría poética.
El vacío puebla las instancias personales, sin embargo, el olvido es un vector semiótico desolador que se equipara con el vacío “te das cuenta por fin/ que eres sólo un simple pronombre/ que se olvida sin descanso”. Muchas veces, las personas ni siquiera alcanzan a ser un pronombre, porque la sociedad los tiene innominados, su única referencia es la de seres extraños en su propio mundo, desclasados, entre otras marcas.
El silencio es un símbolo emblemático para reforzar la aniquilación del vacío “eres una roca/ la memoria de todos los amores que se han lanzado hacia el abismo/ acariciando tu silencio”. El silencio es un vacío, donde opera lo no dicho.
Igualmente, es fuerte el símbolo de la devoración que signa el buitre “el hombre calla/ y acaricia al buitre que lo espera (…) moviendo sus ojos hacia el cielo”. El yo lírico se adentra en los resquicios naturales, como una onda expansiva “Estoy programado para estallar (…) al conocer el infinito”. Uno piensa en el silencio del infinito; en lo infinito del silencio y nos aturde, como el vacío, como símbolo totalizador que campea en este espacio expresivo.
Paolo Astorga es un poeta que maneja presupuestos estéticos en las imágenes y las aniquilaciones “Solo su triste imagen (…) me hace desnudarla otra vez / (…) ante una piedra/ donde arrojo mis vacíos”. Sobran los comentarios, sus imágenes atrapan al lector y lo dejan en honda reflexión.
En este universo del autor sudamericano, asistimos a una lectura de visiones laberínticas que, intrínsecamente, abren vías de exploración del quehacer humano más auténtico “Sólo salgo de la escena corriendo en círculos/ buscando mi alma entre las piedras/ antes de morir”. La muerte como respuesta y camino ineludible ha sido poetizada desde una cumbre dolorosa. La búsqueda de su alma, entre piedras, condiciona un dolor inédito, antes del golpe final que, muchas veces, es signo liberador.
El tópico laberíntico es un asedio, un vacío. Es difícil no encontrar laberintos, ahora. “Y ya nadie, detrás y delante, ya nadie”. No tener compañía implica, un vacío. La inmensa soledad hastía. Se trata de buscar asideros “sus manos ya cansadas de recorrer el laberinto”, aunque su empeño es impreciso, pues “sólo salgo de la escena corriendo en círculos”. El espacio recurrente es una asfixia “Derrota en todos los ojos (…) / si sus manos fueran como las mías (…)/ No volveríamos a ver aquella sombra”.
Anatomía del vacío, de Paolo Astorga, establece la desnudez del olvido, el descanso de las piedras, la mercancía de la materialización globalizada “no llores porque estás sonriendo al jurado que aúlla a tus ovarios”. La figura humana se vende al mejor postor, se canjea como si fuese objeto y, cada vez, somos menos sujetos de nuestro propio destino.
En un mundo desangelado, Astorga Requena grita contra los signos de la infelicidad, en un mundo de “lágrimas rojas”, donde campea la tristeza, el llanto, el dolor, lo desconocido, el silencio, el laberinto, las piedras, la muerte, en suma, las apuestas aniquiladoras, esto es, el vacío sin cuerpo, su propia anatomía que se pierde.
En síntesis, Anatomía del vacío, de Paolo Astorga, poeta peruano, es un poemario de honda expresión discursiva. Incorpora una innumerable cantidad de símbolos, tanto cortantes como de índole devoradora, los cuales establecen una incidencia en el ámbito de la rotundidad, de marcar el vacío como elemento eje del poemario. El vacío ahonda la coyuntura de un orbe desigual, conflictivo. El vacío es la ausencia de compañía, la sombra derritiéndose en la nieve, la oscuridad de los secretos, los cuerpos de la soledad para llorar en las hogueras, los encerramientos o los exilios.
Enhorabuena, Paolo Astorga. Tu libro cala hondo. Su lectura ha de ser morosa, para advertir los peligros del vacío, incluso en la propia lectura. Con tu libro demuestras que le has estado leyendo al mundo todas sus comedias.
Lic. Miguel Fajardo Korea. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica. miguelfajardokorea@hotmail.com
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La poesía seguirá siendo un espacio para el crecimiento interior del ser humano. Un ámbito de señales para divisar el horizonte de los días. La poesía es el espacio de las horas para meditar sobre los avatares del ser humano de siempre. Desde esta perspectiva, he tenido la feliz ocasión de leer tres libros del poeta Luis Luna (España, 1975), a saber: Territorio en penumbra, Cuaderno del guardabosque (Ediciones Amargord, Madrid, 2007) y El viaje (Al-rihla) (Ediciones Amargord, Madrid, 2008).
Luis Luna es una de las voces poéticas más prominentes de la nueva poesía española. Junto con Francisco Cenamor (Madrid, 1965) conforman un dúo que dinamiza las relaciones multipoéticas desde España. Ambos son animadores de la poesía escrita en nuestro idioma, y ese es un valor agregado a su importancia, con gran ventaja, entre quienes escriben la nueva poesía española.
Me propongo, ahora, deslindar su acercamiento interpretativo en relación con su obra poética, en el entendido que su creación está en un cernido proceso de crecimiento, de modo que tendremos que esperar de Luis Luna, una obra mayor, sin lugar a dudas.
En su obra Territorios en penumbra, compuesta de 96 textos, campea una denuncia contra los estados del ser humano en soledad “Hay zonas, sin embargo, adonde nadie acude./ Territorios vacíos donde el signo pervive”.
En su orbe, existe una apuesta por la rotundidad de la negación “Cierra la puerta. / La mirada/ del ciego está adentro y afuera”. En otro orden, precisa “Que la quietud no sea/ excusa del vacío/ y el vacío/ esté dentro”. En esa marcada provocación, “la oscuridad completa teme. / La de adentro”. Sus símbolos bisémicos y equiparados ahondan una marcación, la de adentro, en una búsqueda de étimo espiritual.
En su poesía se establece un cuadro dialógico entre lo inanimado y la temporalidad, en una especie de zona misteriosa “Más allá de la piedra y su estructura. / Tan lejos. Todavía”. A veces, da la impresión de que lo inmaterial se ofrece como estera para corporeizar “esta blanca columna donde inscribes/ las cifras y los nombres”, para formular una especie de sistema recolectivo, de hondo significado en la anulación “Lo oscuro/ lo que queda enterrado/ tras el muro. El aislamiento (…) provoca la caída”.
Todos los muros son lamentos, insanias, agresiones, límite de los cuerpos, encerramientos, desgracias. Ante esa condición, la voz del hablante endiña “Golpea cada muro como un pájaro (…) La llave es el dolor”. Ese dolor intenso es un arma de salvación, porque crea un proceso de concienciación.
Luis Luna establece un corpus donde los pájaros cumplen un papel de vector semiótico de alta intensidad “se aferra un pájaro/ que también aguarda a que amanezca/ y tiembla, y no alza vuelo”. Su significación es válida, toda vez que los designios de la verdad esperan otros amaneceres para ofrendar con certitud, ya que “el azar disemina/ sobre el labio de nadie”, tanto es así que “todo aquello que aún no tiene nombre/ y que le espera” es la semilla donde brotará la esperanza, sin mordedura.
No es ajeno, tampoco, un interés por lo pequeño, dado que ello encierra grandeza de propósitos. “Escucha lo pequeño. /Lo que existe dispuesto al sacrificio”.
La poesía de Luis Luna es, de alguna manera, una recomposición, donde la extensa simbología acuerpa significados dobles, por ejemplo, el espejo cumple la función de desdoblar, ya que “devuelve el dogal y la brida”, asimismo, “la belleza también posee lo oscuro, lo que queda/ escrito de algún modo/ en la ceniza”.
Además, se advierte una especie de ritualización enumerativa, donde lo importante es lo no dicho, toda vez que su inferencialidad completa su perspectiva desde ámbitos plurales “El hierro. El círculo. La aldaba.” O, si se desea, la introspección “La memoria. /Centro, eje/ donde giran/ el hallazgo y la sed”, aunque en esas dualidades se poetiza “No la desolación sino el exilio”, con gran profundidad.
El símbolo de la sed aumenta la impresión de un contexto situacional de excepción, donde la sed aún es símbolo de vida en la palabra “Todo ha desaparecido excepto tú. / La sed.”. Es decir, la mujer adquiere una connotación esencial, como una memoria de la palabra que salva “Cuánto hay de ti cuando te nombran (…) Cuánto de ti en tu desaparición. / Esa última posibilidad del discurso”.
El logo patriarcal revalúa la condición femenina y establece una equiparación, donde, más bien, la figura masculina asume una especie de mea culpa histórica “Callaremos. / Tal vez así nuestro silencio te redima”. Luego reafirma “La lengua una raíz/ que se interna hacia el centro/ en búsqueda de voz./ En el cántaro de la tierra”. La dicotomía mujer-tierra, con todas sus asociaciones, se ve reforzada en estos versos que emanan gran respeto hacia la figura de la mujer integral en cualquier parte de la aldea global donde se encuentre empeñada en su lucha fervorosa a favor de la vida.
En Cuaderno del guardabosque, publicado por Ediciones Amargord, con un acertadísimo y señalizador prólogo del escritor José Luis Puerto, el poeta español Luis Luna se convierte en abanderado de la esencia ecológica. Nuevamente, los pájaros adquieren una centralidad poética. El mismo poeta aspira a ser una de esas aves, con toda la imbricación expresiva que implica su existencia “Ensayo en cada pájaro mi vuelo”. El ser humano siempre ha aspirado a ese vuelo supremo marcheniano.
La simbolización de “Los pájaros caídos/ como una falsa piel sobre la tierra”, da a entender la fragilidad, lo inane de la condición humana figura, porque “Más allá de sí misma/ la muerte permanece”, como una forma de acabamiento que, al igual que el pájaro, alza el vuelo, sin saber los alcances de su destino como incógnita.
El autor español interioriza el estado de dichas aves y habla desde su conciencia animal para increpar acremente “Me visto con la piel de mi verdugo/ sus ojos son los ojos de mi miedo”. Y los pájaros insisten “el verdugo me espera (…) de tan larga alambrada”. El tópico del cazador y la presa se revalida con gran mérito textual.
Al igual que las aves, el ser humano anda en una incesante búsqueda, porque se sabe un ser incompleto, por ello, el proceso de completitud es un camino ineludible “Lo vital es saberse/ tan cerca uno del otro”, o bien, “Sentir que no está lejos aquel que me da alcance”. La visualización de su espacio pide compañía “¿A quién preguntaré si tú te marchas? ¿A quién la incertidumbre? A quién si mi vacío / es la geometría de tu ausencia”. Es claro, entonces, que el mensaje de la otredad, de mi ser junto con el otro es una propuesta de hondo espíritu rehumanizador.
En el poemario El viaje (Al-rihla) el autor español extiende el alcance de su universo discursivo, poetiza sobre la cultura de Siria y lo hace con una clara conciencia a lo largo de sus 70 textos. “Disemino semillas/ para que permanezca mi memoria”, asimismo, añade “Y en su escisión./ Juntura”.
Ahora, la memoria funciona como el símbolo eje sobre el cual operacionaliza “hacia el origen/ y me salgo al encuentro”. Es interesante no que le salgan al encuentro, sino que el hablante se plantea su propio conocimiento, por ello afirma “Alguien de todos los que soy/ no se marchó (…) edifica una casa / para cuando retorne”, donde se afirma la individualización, en una especie de ser bifurcado, aquí, “el agua/ fluye/ bajo el desierto. / Como yo mismo/ debajo de mí mismo”. Búsqueda interior plena, sin duda.
Igual de importante es el círculo “Palabras en círculo extendidas./ A la espera de aquel que arda con ellas”. El círculo es una figura de completitud. El círculo nos da la sensación del eterno retorno “De repente la luz/ narra una historia”. ¿La tuya?
En este poemario hay un verso extraordinario “La arena que ahora toco/ otorga identidad”. Sobran los índices interpretativos por la cobertura integral de su exégesis semántica y porque “la piedra recita su plegaria”.
Para concluir, el autor español retoma el tópico del muro para darnos una aseveración que reconceptualiza lo poetizado “el muro/ no es lugar/ sino un estado/ nacido en la ceguera”. Igualmente, cualquier comentario es redundante, dado que el poema se defiende a sí mismo.
La poesía de Luis Luna es un documento en relieve de la contemporaneidad en la que se inscribe la poesía española. Su riqueza conceptual y simbólica teje un discurso que acentúa la mirada en el vacío, en los golpes de la lejanía, en las heridas contra la naturaleza, en la pequeñez de la figura humana, en la respuesta de los animales contra sus depredadores y sus verdugos.
La obra de Luis signa un acendrado compromiso, porque se sabe vecino del mundo, de lo que no divide, sino pronuncia. De las palabras plenas, contra la incertidumbre de la ajenidad. Su poesía es un documento que recorre la sangre, su plegaria en el retorno, la memoria del hallazgo, la ceniza de adentro, las posibilidades inmensas del ser humano desde el centro de la arena, para arrodillar al exilio, a los muros.
Luis Luna sabe que su palabra es actual, ya que retoma los filones del pasado para dignificarlos en el presente, desde todas las angustias que asedian los presupuestos éticos y estéticos de la condición humana, de ahí, entonces, su certitud histórica, su compromiso inmanente, tanto con la palabra como con el ser sin fronteras.
Lic. Miguel Fajardo Korea. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica (miguelfajardokorea@hotmail.com)
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Gaceta literaria virtual acaba de poner en Internet su nuevo número, correspondiente a febrero de 2008. en este nuevo número podremos disfrutar de artículos y narraciones de escritores españoles, guatemaltecos, argentinos, paraguayos, peruanos, brasileños, uruguayos y colombianos. Igualmente, podremos leer los poemas de autores de Santa Fe, desde donde se edita la revista, así como del resto de Argentina; también de Costa Rica, Bolivia, España y Serbia-Montenegro. Como siempre, podremos acceder a los números atrasados de la revista.
Así mismo, para ilustrar este número han elegido fotografías de Sebastiao Salgado.
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La poesía sigue siendo una ventana para mirar al mundo desde todas las fronteras. La creación es un compromiso ético y estético de hondo significado para hacer dable el milagro de la concienciación, en aras del mejoramiento. La poesía es un oficio del alma, mediante el cual es posible crear mundos para agrandar la perspectiva holista del universo humano. Es por medio del arte que el ser se rehumaniza, en busca de nuevos derroteros que posibiliten otros ojos para entender la cotidianeidad desde la aldea global que nos ha correspondido vivir.
He leído tres libros del poeta Francisco Cenamor (Leganés, España, 1965). Cenamor, quien ha dado a conocer sus textos en Talasa Ediciones y Ediciones Vitruvio, ha publicado: Amando nubes, 1999; Ángeles sin cielo, 2003 y Asamblea de palabras, 2007. En proceso El libro de Raquel, que publicará Ediciones Amargord. Es uno de los difusores culturales referentes de España. Coeditor del Blog escritores, uno de los sitios electrónicos más visitados en español. Junto con el poeta Luis Luna, coordina las labores de jóvenes poetas en Madrid.
Expondré un acercamiento sobre sus tres poemarios, como una visión de conjunto, a partir de la asamblea abierta que conforma su palabra poética. La poesía de Cenamor apunta una relación con las coordenadas del fuego, porque “hoy se ha cerrado otra puerta”. Asimismo, hay una apuesta para enfrentar los dolores de la cotidianeidad “qué largas/ son las escaleras del sufrimiento”. Sabemos que, cada instante, el dolor es un habitante del ser humano en diversos estadios y condiciones.
Muchas veces, la lucha es denodada, sin embargo, el hablante expresa “cómo apostamos en la vida todo/ cómo a veces sentimos que nos queda nada” (…) “nosotros más que nadie/perdimos esa batalla/ y murió la esperanza/ lo demás es solo fe”. Es importante, en un mundo de descreídos con máscaras de cínicos, que exista la fe, una especie de mástil desde donde podemos aferrarnos contra la maledicencia que se incrusta en las más intensas fibras del ser humano, pues “siempre hay alguien/ al otro lado/ que sabe del mundo”.
En otro ámbito endiña “nos salvamos tantas veces/ de la soledad de nuestro propio destino”. Cada quien debe forjar su propio sino, pero no siempre podemos alcanzarlo, a causa de los disvalores que increpan con saña los mejores comportamientos del ser. Por ello, con gran categoría y mérito aduce: “hoy voy a salir sin armas/sólo con mi pecho y mi esperanza”. La desnudez como signo de pureza se enquista con gran propiedad en este acento lírico del poeta madrileño.
Cenamor increpa y denuncia los sitios arrinconados contra el ser humano “le golpeaban duro eternamente/mientras le tenían atado de impotencia”. Es increíble como asedian al factor humanidad, por ello, cuando estalla, “con la rebeldía se aprende a vivir”. La rebeldía puede convertirse en una salida, pero debe haber razones de mejoramiento tanto individual como social. No es ser rebelde como un pasatiempo, sino con un fuerte compromiso y conciencia social.
Junto con esa condición de encerramiento, la pobreza emerge como otro golpe bajo a la condición de nuestra especie, la cual “está cubierta del polvo que da la pobreza/ de la suciedad de un tiempo que no le pertenece”. El gran problema de hoy es que la pobreza solo se ha convertido en una fría estadística de informes globales, vacíos y deshumanizados, donde únicamente falta que se asevere otra sentencia: “el sediento sea culpable de su sed”. La pobreza es una condición de millones de seres que apuestan a sobrevivir, porque eso ya es precaria ganancia cada día de la tierra.
La vida y la muerte, como temas eternos, precisan un juego de ser o no ser. Se preanuncia lo ineludible. Es una verdad irrefutable “nuestra muerte/ está prevista en una encuesta/ donde vivo”. Por ello, a pesar de lo inescrutable, hay una aceptación de la cotidianeidad “me conformo con comer a la misma mesa que vosotros/ y aún así/ millones de personas seguirán muriendo de hambre”. O bien, “no veis que si almuerzo yo cada mañana/ otro ha soñado por la noche un pan”. Se refleja una especie de nivelación, a partir de elementos que deberían ser esenciales, como el derecho a la alimentación cotidiana. El mundo tiene hambre; la padece, pero no la sacia con plenitud. “Me canso tanto aquí dentro últimamente/ que ya solo tengo una esperanza”. Este sustantivo es vital en el espacio lírico de Francisco Cenamor. Es una apuesta hacia la reivindicación humana. Tiene convicción de equilibrio en su palabra-poema.
Es importante que los poetas expresen las preocupaciones geopolíticas y socioideológicas en un mundo desangelado, frío e inconcluso: “qué extraño/ nunca publican fotos de hijos abrazando madres muertas/ las madres también mueren en las guerras”. El ser humano contabiliza más de 14.000 guerras y aún no aprendemos la insania de sus efectos sinfín. ”Tanto conducir un pueblo a la desesperación siempre ocasiona una trayectoria de efecto bumerán”, a pesar de ello, hay optimismo dentro de la imagen global, porque “mi amor piensa que la solidaridad es la ternura de los pueblos”.
El yo lírico expresa su más fino sentimiento en la corporalidad “la libertad de tu pecho (…) / me dicen que caer contigo será volar”. Su registro es radiante “hoy es el día de vivir sin que el mañana nos añore”, es decir, fija un espacio tempo-espacial con la finalidad de su defensa “Vivo la soledad/ déjate invadir por las palabras/ por las palabras que dejan huella”. Es claro, entonces, que para el hablante, la palabra es un vector semiótico de salvación, de respuesta ante los trazos oscuros de la vida.
En síntesis, las voces poéticas triádicas de Francisco Cenamor (España, 1965) refuerzan la importancia de la palabra en un orbe desangelado. Cenamor precisa un acento de gran denuncia contra las vicisitudes de los seres humanos, en cualquier parte del mundo. Acercarnos a su poesía ha sido un encuentro con una voz intensa en la asamblea poética de su universo, personal y de conciencia, en aras de proponer cambios sustantivos a favor del ser, sin distingos de nacionalidades, porque los pasaportes son inventos en las fronteras mentales y políticas que han establecido los países, pero el ser humano es universal, desde las más frías estadísticas hasta las más iluminadas palabras que Francisco Cenamor ha revalidado, en busca de aliento espiritual para todos.
Lic. Miguel Fajardo Korea. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica (miguelfajardokorea@hotmail.com).
Puedes descargarte gratuitamente los dos primeros libros de Francisco Cenamor en los siguientes enlaces: Amando nubes, Ángeles sin cielo.
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