‘Luis Luna y la memoria de la esencialidad’, un artículo del Lic. Miguel Fajardo Korea

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La poesía seguirá siendo un espacio para el crecimiento interior del ser humano. Un ámbito de señales para divisar el horizonte de los días. La poesía es el espacio de las horas para meditar sobre los avatares del ser humano de siempre. Desde esta perspectiva, he tenido la feliz ocasión de leer tres libros del poeta Luis Luna (España, 1975), a saber: Territorio en penumbra, Cuaderno del guardabosque (Ediciones Amargord, Madrid, 2007) y El viaje (Al-rihla) (Ediciones Amargord, Madrid, 2008).

Luis Luna es una de las voces poéticas más prominentes de la nueva poesía española. Junto con Francisco Cenamor (Madrid, 1965) conforman un dúo que dinamiza las relaciones multipoéticas desde España. Ambos son animadores de la poesía escrita en nuestro idioma, y ese es un valor agregado a su importancia, con gran ventaja, entre quienes escriben la nueva poesía española.

Me propongo, ahora, deslindar su acercamiento interpretativo en relación con su obra poética, en el entendido que su creación está en un cernido proceso de crecimiento, de modo que tendremos que esperar de Luis Luna, una obra mayor, sin lugar a dudas.

En su obra Territorios en penumbra, compuesta de 96 textos, campea una denuncia contra los estados del ser humano en soledad “Hay zonas, sin embargo, adonde nadie acude./ Territorios vacíos donde el signo pervive”.

En su orbe, existe una apuesta por la rotundidad de la negación “Cierra la puerta. / La mirada/ del ciego está adentro y afuera”. En otro orden, precisa “Que la quietud no sea/ excusa del vacío/ y el vacío/ esté dentro”. En esa marcada provocación, “la oscuridad completa teme. / La de adentro”. Sus símbolos bisémicos y equiparados ahondan una marcación, la de adentro, en una búsqueda de étimo espiritual.

En su poesía se establece un cuadro dialógico entre lo inanimado y la temporalidad, en una especie de zona misteriosa “Más allá de la piedra y su estructura. / Tan lejos. Todavía”. A veces, da la impresión de que lo inmaterial se ofrece como estera para corporeizar esta blanca columna donde inscribes/ las cifras y los nombres”, para formular una especie de sistema recolectivo, de hondo significado en la anulación “Lo oscuro/ lo que queda enterrado/ tras el muro. El aislamiento (…) provoca la caída”.

Todos los muros son lamentos, insanias, agresiones, límite de los cuerpos, encerramientos, desgracias. Ante esa condición, la voz del hablante endiña “Golpea cada muro como un pájaro (…) La llave es el dolor”. Ese dolor intenso es un arma de salvación, porque crea un proceso de concienciación.

Luis Luna establece un corpus donde los pájaros cumplen un papel de vector semiótico de alta intensidad “se aferra un pájaro/ que también aguarda a que amanezca/ y tiembla, y no alza vuelo”. Su significación es válida, toda vez que los designios de la verdad esperan otros amaneceres para ofrendar con certitud, ya que “el azar disemina/ sobre el labio de nadie”, tanto es así que “todo aquello que aún no tiene nombre/ y que le espera” es la semilla donde brotará la esperanza, sin mordedura.

No es ajeno, tampoco, un interés por lo pequeño, dado que ello encierra grandeza de propósitos. Escucha lo pequeño. /Lo que existe dispuesto al sacrificio”.

La poesía de Luis Luna es, de alguna manera, una recomposición, donde la extensa simbología acuerpa significados dobles, por ejemplo, el espejo cumple la función de desdoblar, ya que “devuelve el dogal y la brida”, asimismo, “la belleza también posee lo oscuro, lo que queda/ escrito de algún modo/ en la ceniza”.

Además, se advierte una especie de ritualización enumerativa, donde lo importante es lo no dicho, toda vez que su inferencialidad completa su perspectiva desde ámbitos plurales “El hierro. El círculo. La aldaba.” O, si se desea, la introspección “La memoria. /Centro, eje/ donde giran/ el hallazgo y la sed”, aunque en esas dualidades se poetiza “No la desolación sino el exilio”, con gran profundidad.

El símbolo de la sed aumenta la impresión de un contexto situacional de excepción, donde la sed aún es símbolo de vida en la palabra “Todo ha desaparecido excepto tú. / La sed.”. Es decir, la mujer adquiere una connotación esencial, como una memoria de la palabra que salva “Cuánto hay de ti cuando te nombran (…) Cuánto de ti en tu desaparición. / Esa última posibilidad del discurso”.

El logo patriarcal revalúa la condición femenina y establece una equiparación, donde, más bien, la figura masculina asume una especie de mea culpa histórica “Callaremos. / Tal vez así nuestro silencio te redima”. Luego reafirma “La lengua una raíz/ que se interna hacia el centro/ en búsqueda de voz./ En el cántaro de la tierra”. La dicotomía mujer-tierra, con todas sus asociaciones, se ve reforzada en estos versos que emanan gran respeto hacia la figura de la mujer integral en cualquier parte de la aldea global donde se encuentre empeñada en su lucha fervorosa a favor de la vida.

portada1.jpg En Cuaderno del guardabosque, publicado por Ediciones Amargord, con un acertadísimo y señalizador prólogo del escritor José Luis Puerto, el poeta español Luis Luna se convierte en abanderado de la esencia ecológica. Nuevamente, los pájaros adquieren una centralidad poética. El mismo poeta aspira a ser una de esas aves, con toda la imbricación expresiva que implica su existencia “Ensayo en cada pájaro mi vuelo”. El ser humano siempre ha aspirado a ese vuelo supremo marcheniano.

La simbolización de “Los pájaros caídos/ como una falsa piel sobre la tierra”, da a entender la fragilidad, lo inane de la condición humana figura, porque Más allá de sí misma/ la muerte permanece”, como una forma de acabamiento que, al igual que el pájaro, alza el vuelo, sin saber los alcances de su destino como incógnita.

El autor español interioriza el estado de dichas aves y habla desde su conciencia animal para increpar acremente “Me visto con la piel de mi verdugo/ sus ojos son los ojos de mi miedo”. Y los pájaros insisten “el verdugo me espera (…) de tan larga alambrada”. El tópico del cazador y la presa se revalida con gran mérito textual.

Al igual que las aves, el ser humano anda en una incesante búsqueda, porque se sabe un ser incompleto, por ello, el proceso de completitud es un camino ineludible “Lo vital es saberse/ tan cerca uno del otro”, o bien, “Sentir que no está lejos aquel que me da alcance”. La visualización de su espacio pide compañía “¿A quién preguntaré si tú te marchas? ¿A quién la incertidumbre? A quién si mi vacío / es la geometría de tu ausencia”. Es claro, entonces, que el mensaje de la otredad, de mi ser junto con el otro es una propuesta de hondo espíritu rehumanizador.

En el poemario El viaje (Al-rihla) el autor español extiende el alcance de su universo discursivo, poetiza sobre la cultura de Siria y lo hace con una clara conciencia a lo largo de sus 70 textos. “Disemino semillas/ para que permanezca mi memoria”, asimismo, añade “Y en su escisión./ Juntura”.

Ahora, la memoria funciona como el símbolo eje sobre el cual operacionaliza “hacia el origen/ y me salgo al encuentro”. Es interesante no que le salgan al encuentro, sino que el hablante se plantea su propio conocimiento, por ello afirma “Alguien de todos los que soy/ no se marchó (…) edifica una casa / para cuando retorne”, donde se afirma la individualización, en una especie de ser bifurcado, aquí, el agua/ fluye/ bajo el desierto. / Como yo mismo/ debajo de mí mismo”. Búsqueda interior plena, sin duda.

Igual de importante es el círculo “Palabras en círculo extendidas./ A la espera de aquel que arda con ellas”. El círculo es una figura de completitud. El círculo nos da la sensación del eterno retorno “De repente la luz/ narra una historia”. ¿La tuya?

En este poemario hay un verso extraordinario “La arena que ahora toco/ otorga identidad”. Sobran los índices interpretativos por la cobertura integral de su exégesis semántica y porque “la piedra recita su plegaria”.

Para concluir, el autor español retoma el tópico del muro para darnos una aseveración que reconceptualiza lo poetizado “el muro/ no es lugar/ sino un estado/ nacido en la ceguera”. Igualmente, cualquier comentario es redundante, dado que el poema se defiende a sí mismo.

La poesía de Luis Luna es un documento en relieve de la contemporaneidad en la que se inscribe la poesía española. Su riqueza conceptual y simbólica teje un discurso que acentúa la mirada en el vacío, en los golpes de la lejanía, en las heridas contra la naturaleza, en la pequeñez de la figura humana, en la respuesta de los animales contra sus depredadores y sus verdugos.

La obra de Luis signa un acendrado compromiso, porque se sabe vecino del mundo, de lo que no divide, sino pronuncia. De las palabras plenas, contra la incertidumbre de la ajenidad. Su poesía es un documento que recorre la sangre, su plegaria en el retorno, la memoria del hallazgo, la ceniza de adentro, las posibilidades inmensas del ser humano desde el centro de la arena, para arrodillar al exilio, a los muros.

Luis Luna sabe que su palabra es actual, ya que retoma los filones del pasado para dignificarlos en el presente, desde todas las angustias que asedian los presupuestos éticos y estéticos de la condición humana, de ahí, entonces, su certitud histórica, su compromiso inmanente, tanto con la palabra como con el ser sin fronteras.

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Lic. Miguel Fajardo Korea.
Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica (miguelfajardokorea@hotmail.com)

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‘Francisco Caro, el poeta que amaba los silencios’, un artículo de José Luis Morales

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Pedro A. González Moreno, uno de nuestros mayores poetas y crítico preclaro, ha dicho de Paco Caro en su recientísimo “Mapa Literario: Ciudad Real”, publicado en el número 6 de la revista El invisible anillo: “Francisco Caro (1947) que busca ya la desnudez expresiva en su primer libro, Salvo de ti (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2006), y que derivará hacia unas formas aún más esencializadas, instalándose en una cierta poética de la levedad en Mientras la luz (Biblioteca de Autores Manchegos, Ciudad Real, 2007)”. Esa ‘poética de la levedad’, es decir, del nombrar sutil, como en un soplo, y el adornar escaso o nulo, es lo que caracteriza la palabra poética de nuestro autor. Pero hay más, porque lo que Caro le exige al lector no es sólo la máxima atención para no perder lo leve, lo sutil, sino su participación consciente en la elaboración final del poema, pues ha de poner en armas todo su bagaje cultural para descubrir toda la trastienda de información, sugerencias y reflexión que se esconden tras los amplios silencios y los magros versos del poeta.

Así mana esta poesía, lejos ya de las urgencias y extravagancias juveniles y distante aún de los manierismos y la reiteración senil. Poesía pues, desnuda, sí, culta y reflexiva, también, pero en estado puro, 24 quilates, sin aleaciones. Porque Mientras la luz es también, y yo diría sobre todo, una lúcida reflexión de Francisco Caro sobre sí mismo como hombre y como poeta, tal vez, sobre todo, como poeta; y ello con un estilo absolutamente limpio, llano, sobrio, eficaz

No hay que dejarse desorientar por las apariencias. Que Mientras la luz parezca un libro dedicado a los últimos años de un poeta vuelto del exilio en los setenta (posiblemente Jorge Guillén), que sus poemas -llamados ‘informes’- procedan de los cuadernos, diarios íntimos, de Elia, la segunda mujer del poeta, y estén dirigidos a Jacinta -la primera- no se sabe si como confidencias entre dos mujeres que compartieron el mismo amor, o como bocetos de cartas que nunca llegaron a mandarse, no son más que laberintos simbólicos, levemente señalizados, con los que Caro se propone meter al lector en situación, darle el ‘tono’ desde el que el libro ha de ser leído.

Acudir al artificio del manuscrito encontrado, como hiciera Cervantes en el Quijote, cambiarle el sexo a la voz del yo poético, no busca otra cosa que ampliar la libertad del poeta y su capacidad de introspección, al poder adoptar varias perspectivas desde las que enfocar un mismo ‘momento de la luz’: una emoción, un paisaje, un sentimiento, una idea. En dos, en tres, y hasta en cuatro planos distintos, pero simultáneos, puede expresarse Caro gracias a esta estrategia pseudonarrativa.

Pero no todo es fingimiento en Mientras la luz, es más, yo diría que no hay palabra ni silencio que lo sean en realidad. No sólo por la hondura y la densidad lírica que alcanzan estos poemas, sino por su pureza y por su claridad: esas características esencializadoras tan suyas, intactas desde su primer libro, y con las que precisamente juega el juego de los heterónimos.

Parece un milagro que poemas tan delgados, tan mínimos, tan transparentes, escondan tanta trastienda de cultura, de referencias, de sabiduría lingüística. Y es que, además, es una sabiduría auténtica, vital y personalísima, pues está basada no sólo en el estudio y el conocimiento de los hitos literarios de nuestro idioma, sino en la observación diaria de sí mismo y de sus convecinos, en el escudriñamiento de sus expresiones más lúcidas, en el apasionado dominio de las claves del habla manchega, con su parquedad, su socarronería, sus contextualizaciones diversas, en fin, con su esencia popular afincada en los manantiales mismos del castellano.

Ya lo dije en la presentación de Ciudad Real, no hay más que leer unas pocas de estas páginas para darse cuenta de que Paco Caro, confeso admirador de Claudio Rodríguez, ha nacido a la poesía, sin embargo, con el ‘don de la sobriedad’. Es sin duda su cualidad más evidente y admirable.

Gracias le sean dadas al autor de Piedrabuena por tan generosa escritura, y a la Biblioteca de Autores Manchegos, su editor y sus ‘ojeadores’ por no haber dejado pasar la ocasión de revelárnosla.

José Luis Morales

 

Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947) ha publicado los libros Salvo de ti (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2006. Premio de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha ); Locus poetarum (Coslada, 2007. Premio ‘La Bufanda’); Mientras la luz (Biblioteca de Autores Manchegos, Ciudad Real, 2007); y tiene en imprenta Las sílabas de la noche (Premio ‘Juan Alcaide’ 2007).

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Artículo de Santiago Tinoco Rubiales sobre ‘La aduana del cielo’, la nueva novela del escritor sevillano Manuel León Mejías

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Tras El hombre sin sombra (Septem Ediciones, Oviedo, 2005) y La granja (Editorial C&M, Sevilla, 2007), el escritor sevillano Manuel León Mejías lanza al mercado su tercera novela, La aduana del cielo (Editorial Jirones de azul, Sevilla, 2007, Colección Caleidoscopio).

Novela coral y evocativa: de un tiempo histórico, 1956 a 1969, correspondiente a un franquismo que comenzaba a abandonar su etapa de autarquía -escasez y estraperlo; pobreza, hambruna y analfabetismo-, para iniciar una apertura que favoreciese la mejora económica y social del país; de un espacio concreto, ‘Los Tres Álamos’, una finca - tierras en cultivo y cortijo-, y un poblado para trabajadores fijos y gañanes eventuales situados en la campiña profunda del Valle del Guadalquivir: Morón de la Frontera, provincia de Sevilla. Evocación y memoria coral finalmente de personas, personajes y personajillos que, al igual que los hechos y situaciones que protagonizan, fueron reales -algunos aún viven-, y que el autor envuelve en nombres, toponimias y hechos de ficción, responsabilizando, pues, a la “pura coincidencia cualquier parecido con la realidad”.

A finales de 2004, y desde una residencia sevillana para sacerdotes ancianos, un antiguo capellán y coadjutor de ‘Los Tres Álamos’ evoca por escrito su etapa pastoral en dicha finca. Describe lugares, perfila personajes y narra hechos y situaciones con una mezcla de nostalgia, ternura, humor -mucho humor, fino y del grueso-, sin ausencia de crítica -de autocrítica, incluso-, pero con bastante indulgencia para ‘verdugos’, ‘olvidados’, ‘santos inocentes’ cuerdos y majaretas, que de todo hay en este retablillo rural.

Retablillo animado y dirigido por una ‘señorita’, émula en su propio ‘Pardo’ de doña Carmen Polo de Franco y de madre abadesa en su pretendido monasterio. Doña Anunciación de la Virgen María , que se cree elegida por Dios para favorecer, mediante los peajes por ella impuestos, la salvación de las almas de ‘sus’ trabajadores en su finca y poblado -aduana, pues, para un cielo futuro.

Finca que, al igual que el Régimen de ‘El Pardo’, y con el apoyo del mismo -”doy para que me des”- evolucionará durante aquellos años, hasta convertirse en ‘empresa modelo’, bajo la experta gestión de un señorito-empresario, marido de la señorita, y de su staff de ‘ministros’ y ‘autoridades’ -administradores, aperaores, capataces, manijeros. Gestión de unos recursos materiales -la tierra fértil, por bien labrada y cultivada-, y humanos: unos trabajadores fieles, esforzados y cumplidores. Píos y devotos, también, cuando así se les exigía, conscientes por experiencia de que “más cornás da el hambre”.

Mérito de Manuel León Mejías es el de haber conseguido entrelazar a lo largo de 32 capítulos esa mezcla de misión y empresa que sustentó el esplendor de ‘Los Tres Älamos’. Como de mucho mérito es, así mismo, que sin tratarse -¡nada más lejos de la intención del autor!- de una novela ‘de tesis’, el lector, que ríe y se carcajea, incluso, en no pocas páginas de las 378 que se compone el libro, se detenga a pensar -¡en estos tiempos!-, sobre aquellos años, lugares, hechos y personas que contribuyeron a forjar nuestra historia y nuestro presente. Que disfruten, pues, de esta crónica novelada de la señorita y sus muchachas y del señorito y sus ministros en un cortijo-misión bajoandaluz.

Santiago Tinoco Rubiales, Profesor Titular de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Sevilla, Departamento de Teoría Económica y Economía Política. Facultad de Económicas