
Se cumplen ahora ocho siglos del nacimiento del sublime poeta místico Jalaludin Rumi, creador del ritual de los derviches giróvagos y autor de obras tan magnas como su Mathnavi, el Diwan de Shams Tabrizi o sus magníficos Rubaiyat (cuartetas) que han sido salmodiados y cantados por los derviches (del persa darvish, pobre) y por los sufíes de todo el mundo. Con motivo de este acontecimiento, la UNESCO ha declarado 2007 como Año internacional Rumi.
Ningún otro creador, poeta o místico del mundo musulmán ha alcanzado la notoriedad y celebridad de las que goza hoy Rumi entre el público occidental. No es ninguna casualidad que algunos estudios recientes señalen a este santo persa del siglo XIII como el poeta más vendido en Estados Unidos, por delante de Walt Whitman, Emily Dickinson o Allen Ginsberg, como tampoco lo es que a mediados de los noventa una antología ilustrada de sus versos se convirtiera en un auténtico best seller. Nos hallamos ante una de las personalidades más poliédricas e inagotables de la cultura universal. En Rumi encontramos un pensador, un místico, un poeta y un científico sin igual que fue capaz de legar a la humanidad una de las cimas más señeras de la cultura universal, el sama, concierto espiritual en el transcurso del cual tiene lugar la danza de los derviches, inspirada en el movimiento cósmico.
Esta vocación universal, fue ya señalada por el propio Rumi cuyas palabras son más necesarias que nunca: “no soy cristiano, ni judío, ni parsi, ni musulmán. No soy de oriente, ni de occidente, ni de la tierra, ni del mar. No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado. Los dos mundos han desaparecido de mi vida. No me queda sino danzar y celebrar”.
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