En una época en que la “novela histórica” —fórmula de moda—, condesciende con triste frecuencia a la tesina disfrazada y el diálogo de chewing-gum, tal vez no sería mala idea recuperar a este autor en quien la evocación de hechos pasados nunca obedeció a coyunturas editoriales sino a una firme vocación, a un acto de amor. El propio Manucho se sintió siempre incómodo con el fácil encasillamiento en las dos palabras del género, por encontrarlo excesivamente reductor, quizás sospechando que el pomposo adjetivo sirve muchas veces de coartada para lo mal ganado del sustantivo. Su obra abunda en avatares y ambientes pasados, sí, y con una erudición que no pesa, pero es también y sobre todo una obra de creación, de incesante juego con las palabras y con las situaciones.
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Mujica Láinez siempre lamentó que “El laberinto” no hubiera alcanzado mayor difusión en España, lo cual no es de extrañar porque en cierto modo el libro es su regalo a los “padres fundadores”. Mujica, un Argentino, es capaz de hablar del Siglo de Oro sin preciosismos y a la vez con una autoridad digna de un testigo presencial, cargado de ironía, y evitando, oh maravilla, esa querencia tan hispánica por la roña, el pedo y el pis que cultivaron hasta los más grandes (Quevedo, Góngora, Alfonso Valdés…).
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El protagonista de la historia es Ginés de Silva, ese niño que desde un rincón señala con deje grave la escena que acontece en El entierro del Conde de Orgaz. La novela sigue sus pasos, y retrata el momento del encuentro con el Greco y las sesiones de posado. Luego lo acompaña a través de peripecias que le harán recorrer Madrid, recién convertida en corte para desmedro de Toledo, y Sevilla, “puerta al mar” del desfalleciente Imperio. Ginés conoce a Lope de Vega, y le toca participar con “la felicísima armada” en el desastre de Lepanto, donde describe con todo detalle la inepcia del Duque de Medinacelli, también llamado Guzmán el Bueno, y que resulta ser todo lo contrario a juzgar por la somanta recibida a manos inglesas.
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Más tarde, desde Sevilla, se anima a intentar las Américas. Las ruedas de la historia giran despacio y, pese a Lepanto, el sol no se ha puesto todavía sobre el imperio español. El salto al entorno americano da a la novela otro de sus encantos, por si le hiciera alguna falta. La exhuberancia y los mosquitos, los reyezuelos paganos, el mito de El Dorado… Pero Ginés trae del viejo continente alguna que otra cuenta pendiente con la justicia, y tarde o temprano le tocará enfrentarse a ella…
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Estos son sólo algunos de los alicientes de un libro que siempre sorprende, que se deja recorrer con la facilidad de un best-seller (porque Mujica Láinez en su momento lo fue, a su modo), pero sin caer en las artimañas y bajezas tan frecuentes en este tipo de literatura. Quizás puede ponérsele una pega al final, y es que, empeñado en el rigor biográfico, quizás la historia decae un poco en ritmo y estructura hacia las últimas páginas, como tiene que decaer, ay, toda vida. Pero en suma es un libro apasionante y creíble, con algo de “reportaje” muy próximo a lo que cuenta. Y, paradójicamente, como sucede con los buenos libros históricos, resulta profundamente actual. Porque, como decía un personaje de Max Aub, “el mundo gira pero no avanza”.
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Ignacio Jordi Atienza
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