Jesús Hilario Tundidor, Un paso atrás. Antología (2002-1960), Hiperión, 1ºed.2003. 10 euros.
Significativamente titulada Un paso atrás los poemas que recoge esta antología se ordenan en forma poco usual: de más recientes a más lejanos; hecho que permite al lector sumergirse en la obra de Hilario Tundidor desde la actualidad, comprender cómo su obra es una constante “metamorfosis de lo mismo”. Una rotunda unidad temática –no exenta de evoluciones, sobre todo tendentes a la esencialidad- se enmarca en diferentes tentativas formales, en diferentes modos de decir y, en los poemas primeros del libro, –no olvidemos que son los más recientes- en diferentes modos de callar. Preparada por el autor nos encontramos ante una verdadera antología en su sentido etimológico: Hilario Tundidor nos ofrece sus “flores escogidas”, su versión definitiva de lo mejor de sí mismo. Conociendo esto no extraña tanto la ordenación empleada, pues refleja certeramente la fidelidad del autor para con su obra en proceso constante. El presente cobra relevancia, la obra pasada se lee desde el presente y adquiere así una visión de savia, de letra necesaria para que el río desemboque. Necesaria es, entonces, y no simple capricho, la elección personal en cuanto al orden.
Sujetos a su deseo, la época más reciente del autor –en el prólogo se señalan tres épocas delimitadas, curiosidad de estudiosos- constituye la primera parte de la antología y se desvela esencialista, trascendente, alejada de un primer momento marcado por el compromiso y la visión realista del entorno. El poema “Después que cae la sombra” culmina con un verso que resume la poética del autor en su última etapa: “su ámbito es la luz y allí es su triunfo”, la voz deviene en el deslumbramiento, en la constatación de que para el que cree en la palabra, los sucesos son sólo material de acarreo para la lucha con el lenguaje y, por tanto, importan poco y son, al mismo tiempo, lo verdaderamente importante. Escasos poemas forman esta sección, en ella está el poeta haciéndo-se y buscándo-se y sólo se nos dan indicaciones para lecturas posteriores, algunos textos que preparen al lector de cara a los nuevos poemarios.
Como cabía suponer, la sección más generosa es la segunda –para los que persisten en el tiempo lineal en poesía se indican los años: 2000-1972- con un nutrido conjunto de poemas que responden a un estado preparatorio de la unidad, del alcance de unidad que latía en los poemas más recientes. Todos los textos muestran la extraordinaria maestría rítmica de que esta dotado el compositor -y le llamo así porque tan exhaustivo trabajo requiere una labor de composición textual de índole mayor- y la utilización precisa del vocablo. Los resultados son luminosos, profundamente valiosos para los lectores. La adecuada correlación fondo-forma es uno de los aspectos más difíciles y Tundidor es un raro maestro en esas lides. La temática es existencialista, vertiginosamente íntima para los tiempos que corren. Se aprecia la búsqueda de un lugar desde donde situar el vacío y la nada que nos rodean; una vez encontrado, la voz se siente cómoda y desvela el misterio del ser-isla, del ser profundamente acongojado y a la vez confiado en un porvenir del que nada –y cuidado con el término- se espera.
Especialmente aclaratorios me parecen los poemas escogidos del libro Tejedora de azar. La palabra se alza como mediadora, puente dudoso que se pierde en la niebla y deviene frustrante: “la índole de la palabra, su ácido código, su inhóspita soledad, cauce imposible de la forma seca. ¿Quién, quién deviene universo por las laderas del significante?. La índole de la palabra, su frustración.” Versos metapoéticos, necesarios para alcanzar la claridad a través del análisis del material que se emplea, control de calidad –y perdóneseme el prosaísmo- para que la construcción posterior no resulte caída.
De la primera época, se rescata lo que ha sobrevivido a la actualización de la voz. No reniega el autor de su trabajo, se escoge aquello que redime y nutre el presente eterno de quien labra. Poemas, así, imprescindibles, como “Pasiono” (cuyo libro del mismo título le valió para alcanzar el premio González de Lama), “Cantinela para un tiempo desconocido”, “Retirada” o el último poema de la antología “Adiós los ríos que se van” verdadero enlace con el primer poema del libro. Ordenación circular, por tanto. Rescate esencial, los poemas revelan los primeros titubeos, la ordenación mental de las fuentes, de las voces que le son más queridas, hasta alcanzar su voz más propia.
Para terminar, he decidido hacer caso a aquello de que a un buen poeta, un buen poema encumbra. Aunque, personalmente, me inclino por la etapa última de Tundidor –y por lo mismo por la segunda como etapa fundamental de preparación y axis esencial creativo- rescataré un texto de la primera época, incluido, por supuesto en la antología. Se trata de “Inútil alfarero” donde, sin saberlo tal vez, se nos revela la voz presente del poeta desde la raíz, desde la semilla que luego dará sus luminosos frutos. Debido a su extensión –y también porque pienso que hay que acudir al libro, para que también los poetas puedan vivir (un poema de Tundidor nos cuenta eso, el cómo vivencial de los poetas)- reproduzco su estrofa inicial, la de llamada:
“No sé de qué manera, de qué fruto
de otoño o largo estío verde va el silencio
llovido desde la alta humildad de la mañana
doblándonos la espina
dorsal del corazón: a veces una
distancia, cerca, honda
de luz, a veces un sendero, otras
una alfaguara pura como las cumbres…
A veces sólo sentarse al sol, pero algo ha roto
en la edad su dominio, su
patria de ternura. Desconozco en qué forma,
desde qué oscuro ámbito, ya silenciosos, ya
señalados, marcados, doblados en el alma
mortal, donde un río, una flor
van a la muerte.”
–
Luis Luna
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