El desierto de la sed de Rodrigo Galarza, reseña por Luis Luna
Reseña de “El Desierto de la sed” de Rodrigo Galarza (Amargord Ediciones, 2004).
Nacido en Corrientes, Argentina, en 1972, Rodrigo Galarza reside en Madrid desde hace varios años. En esta orilla –que podría haber sido la otra- escribió los textos que componen su, hasta ahora, último libro. Textos, como él mismo cuenta “de otoño, de mutaciones existenciales necesarias y dolorosas” y, añado yo, de iluminaciones. No de otro modo concibo prácticamente todos los poemas del libro, anclados en la lucidez del que reflexiona desde la quietud sobre el entorno –subsumiendo en él la otredad-, el ser y sus problemáticas relaciones.
Escrita desde el pozo de la introspección, la poesía de Galarza parece comunicarnos, a veces asombrada, en numerosas ocasiones consciente de la herida, cada uno de los hallazgos que parten de esa quietud atenta, que descubre “la mirada de un hombre manso”. Situado en esa perspectiva el autor ensaya sobre distintos temas –el dolor, ese ambiguo y anciano dolor de estar vivo; la redención por el eros; la reflexión meta poética; la ausencia, la nostalgia, la lejanía (exilio y asilo); la convivencia resignada con la muerte (asimilación del horaciano debemur morti nos nostraque); la esperanza; la confianza en el silencio como generador de poesía- en textos breves, de versos generalmente cortos y con un ritrmo marcado por la respiración, en el más puro sentido de la definición olsoniana: “el verso viene de la respiración del hombre que escribe, en el momento que escribe”. Esa respiración, ese ritmo se ajusta a la perspectiva y a la poética del hallazgo de la que venimos hablando:
XVII
el silencio ya no te acerca el vientre abierto de la madrugada
la palabra se hizo puñal en tu boca
y no pudiste con tus heridas
En el primer verso, la quietud parece no dejar espacio a la respiración, ahogar la voz en aquello que propicia la reflexión poética, enmarcar la visión, poner límites. El segundo decrece, presta contención, se acerca al hallazgo. El tercero cierra, y es, por tanto, el más breve, puesto que ha de contener de nuevo todo el silencio. Galarza nos ha dado en tres versos su iluminación, depende de nosotros captar el “sentido total” a través de nuestra propia intuición.
A la luz de este texto podemos apreciar la tensión de la escritura no expandida, la lucha con el lenguaje para que las palabras, los versos, sean sólo los necesarios, los suficientes, sin desgastar por la amplificación el hallazgo que quiere comunicarse. Expresión y forma, pues, se imbrican, se compenetran, para que el lector pueda reconocerse “iluminado” por los textos de Galarza, y, al mismo tiempo, en el mismo momento quedar “todavía a la espera”, espero, de nuevos poemarios.
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Luís Luna
Poeta
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