Juan Carlos Mestre, Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo, por Luis Luna
La reedición de Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Calambur 2005) del poeta y artista visual Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) supone una excelente oportunidad para adentrarse en el laberinto textual de un creador imposible de soslayar en el ámbito poético hispánico. Escrito hace dieciocho años, el poemario no ha perdido ninguna vigencia, tal vez porque sus versos habitan un presente infinito –ajeno a los vaivenes de un tiempo externo y asumido de manera ficcional por todos nosotros- que llega inalterable y tiene la misma capacidad de penetración y evocación que cuando obtuvo el Premio Adonais en 1985.
Ausente de exhibicionismos, Antífona supone, en primer lugar, el triunfo de la palabra sobre el discurso; el aprecio de su luz, su matiz, su color, su sonido – o la huella de estos- sobre cualquier clase de anécdota o historia. Nótese bien que no hablo de que la poesía de Mestre no tenga tejido argumental –que sí lo tiene- o que esté exenta de yo –pues precisamente el laberinto de que hablamos emana directamente del artista- hablo más bien de que el trabajo sobre la palabra en todas sus dimensiones es lo que realmente se pone de relieve, notando paso a paso cómo, según los poetas árabes, el collar se va engarzando cuenta a cuenta en la belleza –apartándonos, claro, de un concepto cerrado de la misma- de la poesía.
El trabajo es, entonces, armonioso, si bien esa armonía puede ser caótica, oscura o, simplemente, distorsionada. Este es otro de los valores de Mestre –no sólo en Antífona sino también en el resto de su obra- el que pone de manifiesto la multiplicidad de los valores que se predican del concepto mediante la construcción de armonías insurrectas, edificando su escritura como un lugar de resistencia frente a la mediocridad, la banalidad y la estupidez, y haciéndolo desde, precisamente, la humildad y el trabajo.
En la senda de Jabés o Celán, Mestre se rodea de preguntas para insinuar –nunca lanzar, impostar, arrojar- certezas o bien describir la sutil maquinaria –Pino hablaba de la Méquina dalicada- que hace funcionar esas certezas de tal modo que el lector pueda terminar el proceso. Tercera razón por la que conviene buscar y leer sus textos: el lector tiene la última palabra en el silencio que sucede a sus lecturas.
Sultana Wahnón ha expresado bien la recuperación del lenguaje operada por Mestre (Revista Ínsula, 580, Madrid, abril 1995), queda por estudiar la recuperación del lector que hace el poeta. No nos encontramos ante poemas urgentes, ante poemas de sentencias subjetivas sobre una cotidianidad mal entendida. Nos basta la sugerencia, el pasillo lleno de puertas o como él mismo ha escrito “El arca de los dones” que representa cada uno de sus libros y que invitan al lector a ponerse a trabajar – también él- para ser merecedor de esos dones, para que la poesía sea hecha por todos.
BIBLIOGRAFÍA (Obra Poética).
SIETE POEMAS ESCRITOS JUNTO A LA LLUVIA. Barcelona, Col. Amarilis, 1982.
LA VISITA DE SAFO, León, Col. Provincia, 1983.
ANTÍFONA DEL OTOÑO EN EL VALLE DEL BIERZO, Madrid, RIALP, Col. Adonais, 1986. Premio ADONAIS 1985.
LAS PÁGINAS DEL FUEGO, Concepción (Chile), Letra Nueva, Colección Cuadernos de Movilización Literaria, 1987.
EL ARCA DE LOS DONES, Málaga, Edición de Rafael Pérez Estrada, 1992.
LOS CUADERNOS DEL PARAÍSO, Barcelona, Llibres de Pharlarthao, 1992. Edición de Alain Moreau con grabados de Víctor Ramírez.
LA POESÍA HA CAÍDO EN DESGRACIA, Madrid, Visor, 1992. Premio Jaime Gil de Biedma, 1992.
LA MUJER ABSTRACTA. Valladolid: Ediciones de Poesía “El Gato Gris”,1996.
LA TUMBA DE KEATS. Madrid: Hiperión, 1999. (Premio Jaén de Poesía 1999).
LAS ESTRELLAS PARA QUIEN LAS TRABAJA. Lucerna, Colección Cuadernos de La Borrachería, Zamora, 2001.
Sitio Web de Juan Carlos Mestre
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Luís Luna
Poeta
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